Al mirar por la ventana una noche de otoño, Susan se quedó anonadada al ver está estampa, sin darse cuenta se sumió en su mundo ya completo de ensoñaciones, quedándose ensimismada al contemplar como aquella tenue luz, luchaba por abrirse paso en tanta oscuridad.
Aquella pobre farola parecía tan frágil, débil y solitaria, en medio de aquella calle antaño paseo de reyes y ahora, sin embargo, sumida en el olvido.
Ella había sido testigo de tantas historias, dramas, comedias, romances... Siempre había sido un lugar de encuentro que acompañaba en los más bellos y tristes recuerdos.
Estaba allí, a merced del tiempo y la climatología que hacía mella en su ya cansada figura. Ahora el viento se cebaba contra ella, precediendo una vez más a la tormenta que tanto la desgastaba, el se abría paso sin piedad entre las hojas que colisionaban sin cesar contra ese dulce brillo de la noche.
Pero ella no se achantaba ante nada, permanecía en pie, quieta e inapacible como si todo lo ocurrido a su alrededor no la afectara, quería seguir luchando.
Estaba sola, pero eso no le impedía ser fuerte y conseguir destacar en aquel mar embravecido de hojas, para el que tan solo era un obstáculo más.
Ver aquello era como ser espectadora de una crónica ya anunciada. La similitud que aguardaban los hechos observados y su propia vida era sorprendentemente pasmosa, la vida no siempre la había ayudado, no había tenido esa suerte, pero gracias a ello ahora sabía detenerse en cada instante que se le regalaba para poder pulirlo y sonreír tras conseguir sacarle brillo.
Nada es fácil, pero si te rindes y no intentas luchar contra el viento jamás sabrás la belleza que se esconde al aportar un ápice de luz en tanta oscuridad.

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