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jueves, 31 de octubre de 2013

Una tentación vanidosa

Esa noche, al tumbarse en su cama, su mente comenzó a cavilar, a divagar en el mundo que a ella le encantaba perderse, a buscar para querer encontrarse en la frontera difusa de la imaginación y la realidad.

Centrándose sin querer en aquella noche, en la noche que lo cambió todo, era curioso ver como las cientos de noches que la habían precedido, carecían de importancia, pasaban desapercibidas, siendo prácticamente ajenas a sus recuerdos, careciendo de importancia. Como si se tratara de uno más de los elementos inertes que constituyen un paisaje, para un viandante el conjunto de los elementos que conforman el paisaje tiene un sentido, una belleza característica, pero si va con prisa y no se detiene a mirar con demora la totalidad de su contenido, al cabo de un tiempo habrá olvidado esos elementos que pasaron desapercibidos y solo se quedara con las cosas que verdaderamente le llamaron la atención.

Para Susan ahora es como si todo el tiempo que hubiese transcurrido desde que lo conoció fuera como la vista rápida de ese paisaje, sin capacidad de recordar algo que no lo pudiera relacionar.
Esto la consumía, la irritaba, quería ser fuerte, no solo una tonta más que se quedaba enclaustrada en la típica escena de un amor frustrado.

Una frase inundó su pensamiento:

"Nada merece más la pena que el instante que tenemos delante, el siguiente que nos otorgue la vida, solo nosotros tenemos  la oportunidad de hacerlo diferente."

Con ese pensamiento desconecto su mente y decidió que ya era hora de mermar esos impulsos, si no quería que su propia mente generara por sí sola la teoría del caos.

Se había embarcado en otra causa perdida, por el mero hecho de sentir el placer que residía en lo prohibido, en ese momento la descarga de adrenalina que recorría su cuerpo al saber que ella era el objeto de deseo de alguien deseado por todas, y que tendría una gran repercusión que lo ocurrido dentro de aquel despacho saliera de el, suscitaba en ella un placer ajeno a aquellas personas acostumbradas al amor convencional.

Sabia de sobra que no era una situación a la que la gente reaccionaría con aceptación, si no que pondrían el grito en el cielo siendo el objeto de toda crítica, y eso en parte la divertía. Porque hacia tan solo unos meses, ella había sido de esas personas que para hacer más interesante su vida, comentaba sobre lo extravagantes que eran la de los demás.

Sin embargo, ahora se sentía tan orgullosa de si misma por poder crear ella misma esas locuras. Que solo por el hecho de alimentar su vanidad le apetecía seguir jugando con aquel fuego.






sábado, 26 de octubre de 2013

La causalidad no es una casualidad.

¿Cuántas veces hemos soñado con cambiar algo en nuestras vidas? Muchas veces soñamos con dar un paso atrás en el tiempo y cambiar nuestra historia. Pero tener la capacidad de hacer eso está totalmente fuera de nuestro alcance.

Todo sería demasiado sencillo si nos refugiáramos en el pasado, exprimiendo cada momento para poder alcanzar la perfección de cada uno de los actos que acaecieron y consolidaron nuestras vidas. Tejiendo un mundo perfecto cuyos pilares estarían compuestos por nuestras erratas. Todo estaría al alcance de nuestras expectativas, enajenando a nuestra mente, con las distorsiones de una cruel realidad.

De esta manera el futuro dejaría de importarnos, obligándonos a centrar nuestra mente en un único objetivo:  perfeccionar nuestro pasado.

¿Qué sentido tendría entonces? ¿Qué contaríamos? ¿Qué viviríamos?

Todo cuanto conocemos carecería de sentido, porque si bien una cosa es cierta, es que el ser humano, necesita que exista ese remanente de inquietud, esa incertidumbre, que acontece en nuestro ser cuando el desconcierto de los hechos indómitos que aún están por llegar, nos desvelan.

Si algo tenía claro Susan es que de nada serviría perder más tiempo pensando en lo que pudo haber sido y no fue, esa pequeña posibilidad de conseguido serlo, se perdió kilómetros atrás, en el desconsuelo de sus noches en vela, en sus miles de pensamientos con un único deseo. Ese deseo que se había cristalizado en lo más profundo de su corazón, y que por más tiempo que pasara, ella guardaría por siempre en su mente. Eso era lo que debía cambiar,  Susan  no dejaría que aquella casualidad que fue el ávido de sus más fervientes fantasías,  hiciera más mella en ella.

Ahora Susan estaba tumbada en la cama pensando en todo lo que había ocurrido aquel verano, la cantidad de hechos inexplicables, que en cuestión de meses habían puesto patas arriba todo su mundo, alojando un profundo desconcierto en su ser ¡Quería saber quién era! Y sentía la impresión de que aquella persona en la que se había convertido era una desconocida.
Había cedido ante la lujuria, se había sumido bajo una capa de desconcierto e incertidumbre y casualmente, ahora era cuando sentía que no estaba perdida. Ahora sabia que estaba viva.

Aquel desasosiego que se había apoderado de ella meses atrás, ahora era como una brisa cálida del verano, solo un leve recuerdo, que podía sentir a veces en sus sueños, nunca se debe mirar hacía atrás... Y eso era algo que sabia muy bien.

Por eso no le disgustaba sentirse la protagonista de una vida llena de apasionantes locuras, si el fin de esta era vivirla.

Estos vaivenes, no eran más que el fruto de su anterior represión, y estaba segura, que llegado el momento recuperaría el rumbo que necesitaba. Pero ahora su vida había sufrido un terremoto del que ella era el epicentro, todo lo construido hasta el momento, se había destruido, y ya era hora de comenzar a construir una nueva vida. Empezando por los cimientos, dejando atrás sus desquebrajados sentimientos.

Ya era hora de centrarse en el presente, esta era la historia que tenía que contar, su historia, la base que formaban ahora esas ruinas, le aportaban la fortaleza necesaria para continuar, y buscar su felicidad en cada resquicio de su mente, ahora sus pensamientos ya no albergaban nada negativo que la hiciera retroceder, si no todo lo contrario.

Tenía un objetivo claro, sabía que quería ser alguien para recordar, y no solo una leve marioneta más de esta vida, que pasaba por ella sin pena ni gloria, dejando que otros movieran los hilos de su vida por ella.

Para ello en su mente no dejaba de retumbar una de las frases que marcaron un antes y un después para ella: " Lo que hacemos en esta vida, tiene su eco en la eternidad".

Y su creciente y renovada fe encontraría sin duda ese hecho que lo cambiaría todo, esa partícula divina, que constituiría el fundamento de su nueva vida, y de ese futuro imaginario al que anhelaba incluso antes de conocerlo.

 Hasta ahora Sergio había sido el protagonista indiscutible de su historia, la única persona que consiguió ver en ella, algo inhóspito y desconocido para los demás. Incluso para ella misma, toda forma de gratitud hacia él, era insuficiente. Él había cooperado guiando el camino que llevaba su barca a la deriva. Él doto de luz su sendero, para que fuera más plausible su camino.

Jamás podría desearle nada malo, no podía reprocharle nada, ella sabía como era y estaba avisada de ante mano. Embarcarse en ese coche que se encaminaba hacía el precipicio fue decisión de ella. Para él solo sería una más, sin embargo,  para ella, él era una pieza fundamental que había cambiado las reglas del juego, liberándola de esas molestas cadenas, que irrumpió sin avisar, y logró hacerse indispensable, en un período de tiempo tan corto, que solo era comparable  al recorrido de una hoja en otoño.  Ese ínfimo instante de tiempo, en el que se apaga su vida por completo, quedando inútil para siempre y deslizándose desde lo más alto, hasta su fin, en el suelo de la acera.

Fue bonito mientras duró, pero ahora solo era un leve recuerdo más, que se resistía a abandonarla.
Sergio volvía a hablar con ella, rompiendo sus esquemas, deshaciendo aquella maraña de hilos de su enrevesada vida, haciéndola sonreír con el mero hecho de acordarse de ella.

Para Susan eso era más importante que cualquier otra cosa, significaba que era importante para alguien, aunque sus sentimientos no fueran correspondidos, no importaba, jamás cedería ante ellos, ni volvería a debilitarse por su culpa, si no todo lo contrario. Ellos debían ayudarla a ser más fuerte.

Las conversaciones banales, que mantenía con Sergio la ayudaban a abstraerse y mantener engañada a la razón, era como un placebo para sus sentidos, conformando al resto de su ser.

Quizás estaba desvariando, pero ella tenía pleno convencimiento en que el roce hace el cariño, y si se mantenía firme en su posición, quizás el abriría los ojos y se daría cuenta de lo afortunado que era, por tenerla a su lado.

Aunque ese deseo permanecería dormido, aún, con miedo a despertar, o ser descubierto, Susan se lo debía a ella misma, y sabía que era lo mejor. La cura para todos sus males era olvidar.

Pero todos sabemos, que no siempre, ¡Querer es poder!

Cansada de que su mente no le diera un respiró se levantó de la cama, buscando un refugió en la calle, el frío viento del otoño, congelaba sus mejillas y refrenaba sus fervientes pensamientos.

Comenzó a andar sin rumbo, sola, deseando encontrar un lugar que la hiciera detenerse, aquel lugar donde se encontraba implícita su paz, como una especie de mensaje subliminal.

Entró en un parque y de repente lo vio.



Aquel banco tenía unas vistas preciosas, pero nadie se detenía a apreciar su belleza, estaba solo ante la multitud, nadie podía interrumpir su ajetreado paso, para dedicarle el tiempo que se merecía y disfrutar junto a el la belleza que impregnaba el lugar.

Susan supo que era a ella  a quién estaba esperando, así que se dirigió hacia el y cuando se sentó, cerró los ojos, dejando que aquel lugar invadiera todos sus sentidos. Inhalo su aroma y recupero su sosiego.



sábado, 12 de octubre de 2013

Me voy pero te juro que mañana volveré

- Tienes que estar con muchas ganas de llegar a casa ¿Verdad Gambita?

Al ver el mensaje, algo comenzó a moverse dentro de Susan, el día de su cumpleaños, había sido muy condescendiente y no daba a Susan pie para mantener una conversación.

Y  hoy era él, el que volvía a buscarla. ¿Cómo era posible que se acordara del día de su vuelo?
Por su actitud Susan pensaba más bien que no le importaba. Aunque ella hubiera dado el paso de quedar como unas personas que simplemente se conocían por el azar. Esperaba una respuesta diferente por su parte, pero sabía que eso no iba a ser así, lo conocía bastante bien, y en ese momento se sentía muy presionado y agobiado con toda aquella situación.

Así que lo mejor era dejar pasar el tiempo, así ella conocería a otra persona que le hiciera olvidar toda aquella locura y el podría seguir viviendo su vida como hasta la fecha.

Pero la realidad es ajena a la idealidad. Si todos creáramos nuestra propia realidad el mundo sería demasiado sencillo y perfecto. Pero acabaríamos aburriendos, porque lo inesperado atrae nuestra curiosidad, incentiva nuestra imaginación y hace que aflore nuestra creatividad, imaginando miles de formas diferentes, de crear una situación perfecta.

Bienvenida a nuestro mundo Susan. Aquí nada ni nadie es perfecto. Solo es nuestra imaginación, la que nos hace ver lo que realmente queremos ver. 

Porque la realidad es que las personas somos impredecibles y no hay explicación alguna para nuestro comportamiento, tan solo nos dejamos llevar por impulsos; egoísmo, deseo, curiosidad, gula, lujuria y otros 100.000 pecados que hacen más atractiva nuestra existencia.

Susan estaba sentada en el asiento del copiloto, de camino al aeropuerto, cuando leyó aquel mensaje, su cara era un poema, se alegraba tanto de que se acordara de ella y la tuviera en cuenta. Que no le importaba la situación, quería creer simplemente que él pensaba en ella como ella lo hacía en él. Aunque la distancia fuera lo que les impidiera estar juntos, si esa llama no se extinguía, seguía habiendo una oportunidad.

- Estoy llegando, y la verdad es que estoy un poco nerviosa, tengo ganas de irme, pero por otra parte no quiero hacerlo.

- Normal, habrás vivido muchas experiencias que hasta ahora eran desconocidas para ti. Y si te llevas buenos recuerdos, siempre cuesta más marcharse.

(No lo sabes tú bien) pensó Susan.

- Bueno me hubiera gustado vivir alguna que otra cosa más, pero no ha podido ser...

- Siempre deseamos lo que no tenemos gambia, es normal.

- Creo que no me has entendido, fíjate si soy sutil, que ni si quiera te das cuenta de cuando te lanzo indirectas.

- En eso siempre has sido la maestra enana, yo solo soy un hombre.

- Al que por cierto aún no conozco.

- Quién sabe... algún día.

- Quién sabe... quizás esta es la última vez que puedas hablar conmigo, porque mi avión se estrelle.

- No tiene gracia enana.

- Era una broma.

- Ya, pera esas cosas no se dicen, que te parecería a ti si te dijera que quizás es la última vez que puedes hablar conmigo, porque quizás me estrelle con el coche.

- No me gustaría imaginarlo. No lo digas ni en broma.

- Pues eso.

- Cuando no te hace gracia algo así, supongo que es porque la persona te importa.

- Claro, ¿Acaso piensas que no me importas? Te tengo mucho cariño, eso espero que lo sepas, eres una mujer que merece todo mi respeto y admiración.

- Ya... 

Aquel comentario hizo mella en Susan, no podía decirle esas cosas y luego pasar de ella. Era incomprensible. El miedo era totalmente irracional y fuera de sentido para ella.

- No te noto muy convencida enana.

Tenía que elegir bien las palabras, y ser cautelosa pues sabía de sobra que le encantaba rehuir ciertos temas, y dejar de dar señales de vida.

- Yo no me tengo que convencer de nada, si algo bueno tengo es que no soy tonta, y se perfectamente el camino que toman las cosas. 

- Sabes de sobra que no quiero hacerte daño y es lo mejor.

- Lo se, ojalá algún día seas valiente, o curioso y decidas venir al sur, porque ese día espero conocerte.

- O tu venir al norte.

En ese momento se abrieron un amplio camino de posibilidades para Susan, pedir la plaza en otra universidad al año siguiente no era difícil. O incluso pedir una beca de movilidad internacional, solo había que intentarlo, y tener ganas de hacerlo.

- Quién sabe, quizás eso es más probable que ocurra.

- Tengo que seguir trabajando, avísame cuando subas al avión, por favor.

- De acuerdo.

- Muak!

- Muak.

Tan esclarecedor como siempre, lo mismo que llegaba se iba, era inevitable no sentir curiosidad, si la situación hubiera sido distinta, y hubiera seguido hablando con él como hacía un tiempo atrás. Susan no se habría planteado dos veces ir directamente a Barcelona, pero ya... La situación era otra, no existía eso... 
Se había abierto más bien la puerta de la amistad y ella sentía como la trataba como a una niña pequeña. No como a una persona con la que quieres compartir algo más especial.

Sin darse cuenta José ya había aparcado, estaban dentro del aeropuerto, llegaba la hora de irse.

José le dio dos besos a Susan y la dejó en la puerta de embarque.

- ¿Sabrás llegar?

- No te preocupes ahora preguntaré. Muchas gracias por todo, de verdad.

- De nada, cuídate pequeña, y que tengas suerte. Avísame cuando llegues.

- Eso haré.

Susan enseñó el billete a uno de los vigilantes y soltó su mochila en la cinta transportadora, cuando paso el arco de detección de metales, supo que a partir de ahí el resto del camino lo haría sola. Y su móvil después de un día intenso haciendo fotos, comenzaba a quedarse sin batería.

Cuando llegó a una de las salas de espera, se colocó delante de un panel, para ver en que puerta debería embarcarse, y cuando vio Sevilla, miró su reloj, aún quedaban dos horas. Así que se sentó en uno de los asientos, dejando un hueco vació entre ella y un hombre. Sacó su móvil, para hablar con su madre, y aquel hombre que se parecía a su padre, comenzó a hablarle.

- ¿Has visto a que hora sale el vuelo de Sevilla?

Susan comenzó a reírse.

- ¿De que se ríe?

- Por la casualidad, yo también voy en ese vuelo.

- ¿A sí? Pero bueno, yo realmente no soy de Sevilla.

- Ya me he dado cuenta por su acento. Yo tampoco lo soy, soy de un pueblo de Córdoba.

- Que casualidad yo también. ¿De cuál?

Al comenzar aquella conversación, ambos se dieron cuenta de que sus pueblos estaban juntos, y al seguir hablando resultó que aquel hombre, era un empresario, y que por causas del destino, conocía a uno de los tíos de Susan y por consiguiente a su familia.

Susan no podía creerse en como su mundo se componía de las más extrañas casualidades. Era prácticamente imposible encontrar a alguien así, tan lejos de casa, y ella sin embargo lo había hecho.

El hombre comenzó a hablar con ella y adoptó una actitud paternalista, por lo que podía apreciar Susan, de lo que él le contaba. Su familia era acomodada, y sus hijos, habían tenido sin esfuerzo lo que querían, estaban estudiando una carrera, y sin margen de tiempo, por lo que llevaban más años de la cuenta en ella.

Para aquel hombre lo que Susan estaba haciendo, era inimaginable, y digno de una luchadora. Susan, sin embargo, no lo veía para tanto, se había acostumbrado desde pequeña a conseguir las cosas con esfuerzo y a luchar por sí misma, así que pensar en que alguien te lo diera todo sin que requiriera ningún esfuerzo, le daba cierta envidia.

Pasados unos 30 minutos fueron a la cafetería, Juan, la invitó a cenar. Más bien la obligo, porque a ella no le apetecía.

Y después la fue guiando hasta la puerta de embarque, pasada una hora, no tenían noticias de su vuelo, el avión debía salir a las 22:00 y aún no había pasado ninguna azafata por allí para realizar comprobaciones. Y la gente comenzaba a ponerse nerviosa, Susan más bien se desesperaba, porque aunque la charla con Juan era entretenida, le quedaba un 2% de batería, y tenía que avisar a yogui.

A los pocos minutos dos azafatas llegaron a la sala de espera e informaron, de que el avión se retrasaría una hora, la gente comenzó a indignarse, y a increpar a las pobres mujeres, que lo único que estaban haciendo era su trabajo.

Susan viendo que aún le quedaba bastante tiempo por delante, se puso a buscar un enchufe, aviso a Juan, y este se echo a dormir, el pobre se  había levantado muy temprano y apenas había descansado. Así que Susan le dijo que no se preocupara y que descansara.

Mientras ella se conectó a la corriente.

- No te puedes creer lo que ha pasado.

- ¿Que ha pasado?

- Aparte de que mi vuelo se retrasa una hora, he conocido a un hombre que me ha invitado a cenar.

- ¿Cómo? Explícame eso gambita, porque siempre había oído que a las mujeres os invitaban a copas, pero que sin conoceros os inviten a cenar... Ya me contarás como te las ingenias.

- Pues un hombre que he conocido aquí que resulta que es amigo de mi tio, y conoce a mi familia y todo, que casualidad ¡Eh?

- Yo siempre he dicho que el mundo es un pañuelo lleno de mocos, nunca sabes a quién te puedes encontrar. Y por cierto, vaya putada lo del avión.

- Pues sí, visto esto quién sabe, ahora creo hasta en la posibilidad de que algún día hasta nos podamos conocer.

- ¿Acaso lo dudabas?

- Algunas veces, pero imagínate la situación entre nosotros sería super rara porque quizás nos quedemos mirándonos el uno al otro diciendo, ¿De que me sonará a mi esta cara?

- O puede que algún día te montes en mi taxi.

- O que yo te saque sangre, y te diga ¿Yogui? Yo creo que con tan solo eso, ya me reconocerías.

- La verdad es que sí.

- ¿Te diría por casualidad a ti te suena el nombre de gambita?

- Jajajaja inconfundible.

- Yo que se, quizás eso se lo dices a todas.

- Quizás tu también.

- No, utilizo nombres distintos para cada persona, me gusta personalizar a mis víctimas.

- Jajaja ¿Quién parece ahora una asesina en serie?

- Es desde el cariño.

- Que miedo me da tu cariño.

- Exagerado. Bueno, espero estar en la península dentro de unas horas...

(El avión se retrasó dos horas más de lo informado).

Cuando Sergio tuvo que volver al trabajo, Susan volvió con Juan, y él le dijo que si quería para no hacer esperar a sus padre, como la iban a llevar directamente a Jaén, que él la llevaría a su pueblo, pues le pillaba de paso.

Susan, era un poco rehacía pues siempre le habían dicho que no se subiera en el coche de un desconocido, y al fin y al cabo aunque ese hombre conociera a su familia lo era. 

Al ver su cara Juan le pidió el número de sus padres y los llamó para tranquilizarlos.

Cuando después de la odisea, las innumerables peleas, con las personas de la compañía aérea y demás, consiguieron subir al avión.

Susan miró por la ventanilla, la imagen era bien distinta a la que pudo observar hace unos meses, ahora todo estaba oscuro, y la isla se veía iluminada por miles de luces, desde allí arriba, podía reconocer todos los lugares de la isla en los que había estado, y sin duda se llevaría con ella miles de recuerdos inolvidables que permanecerían por siempre en su memoria. 

En ese momento en su mente sonó una canción que llevaba  una promesa implícita en ella. 
"Me voy pero te juro que mañana volveré".











viernes, 11 de octubre de 2013

Último día

Al despertar aquella mañana no podía creer lo que había sucedido la noche anterior, estaba confusa, porque ahora no sabía que quería, estaba claro que le gustaban los hombres, de echo eso era lo único que tenía claro.

Lo difícil de entender era porqué se había sentido atraída por aquella mujer, paso unos minutos mirando al techo. Intentando buscar respuesta a sus dudas y decidió tomarse las cosas con filosofía. Tan solo le quedaban 5 horas para volver a casa, era su último día y no iba a estar pensando en lo ocurrido.

Helena la había tratado muy bien y comprendió lo desorientada que se encontraba Susan en aquel momento, tras el beso.
Por lo que después de acompañarla a casa le dio su número de teléfono, ella también volvería a Madrid dentro de una semana, y le pidió a Susan un pequeño favor:

- Si algún día te replanteas otras alternativas a las que no estas acostumbrada, avísame ¿Vale? Porqué a mi me gustaría mucho conocerte. ¡Oh , si necesitas ayuda porque estés muy confusa... o lo que sea, cuenta conmigo! Créeme yo he pasado por eso, así que puedo saber lo que sientes.

- ¡Gracias! No te prometo nada, porque la verdad ahora mismo, no creo que este cualificada para tomar ese tipo de decisiones.

- ¿No te ha gustado?

- La verdad es que si, pero no se trata de eso. Es que yo tengo muy claro que a mi no me gustan las mujeres, pero sin embargo, no se porque me siento muy atraída hacia a ti.

- No te preocupes.

- Bueno, dicen que te enamoras de las personas no de su sexo, esta claro que yo no estoy enamorada de ti, pero quizás para la atracción se puede aplicar la misma regla.

- Puede ser.

- Porqué a ti los hombres...

- No, a mi no me gustan.

- Por eso lo digo, porque tu tienes clara tu condición sexual.

- El problema es que yo creía que la sabía, pero siempre he tenido ese morbo, por descubrir que se siente ante una situación desconocida.

- Al menos eres de mente abierta, y no te cierras, quizás es que seas bisexual.

- ¿Tú crees? Bueno si me encuentro a alguna mujer que me atraiga como tú, ya me lo replantearía, si no sabré que solo se ha tratado de ti, y que la curiosidad pudo conmigo.

- Si no, siempre te quedara la opción de llegar hasta el final y descubrir si realmente te gusta o solo te quedas en el morbo.

- Creo que para eso, aún no estoy preparada.

Al recordar la conversación Susan sonrió, era una manera inimaginable de ponerle fin a ese verano. Y nada más de imaginarse la cara que pondría Amanda al enterarse de lo ocurrido, se hecho a reír.

Susan oyó la puerta de la habitación, y de repente salió del mundo de sus pensamientos. Era José, que raro hoy no había ido a trabajar. Aunque si lo pensaba bien, últimamente no lo había visto, así que no sabía nada de él.

- ¿Estás despierta Susan?

- ¡Sí!

- Estás últimas semanas has sido invisible, ya creí que no vivías aquí.

- Quería disfrutar todo lo que pudiera.

- ¡Y estoy seguro de que lo has hecho!

- Sí, se aprovechar el tiempo.

- ¿Te apetece ver lo que e queda de la isla?

- ¿Aún me queda más por ver?

- Estoy seguro de que sí.

- Sorprendeme.

- ¡De acuerdo! Acepto el reto, haz la maleta y prepárate, porque hoy comemos fuera y ya acabamos en el aeropuerto.

Susan se levantó, tras darse una relajante ducha se miró al espejo y se sonrió a si misma, después de dos meses iba a volver a casa, aunque aún quedaba bastante para volver a ver a Amanda, y a Ana, porque llegaría a Sevilla a las 00:00h y sus padres la esperarían, para llevarla directamente a Jaén, pues las clases empezaban al día siguiente, y no podía perder el tiempo.

Acabo de vestirse y hacer la maleta, hoy era su último día en aquella isla y quería sentirse guapa, así que incluso se tomo su tiempo para maquillarse.

- ¡Estoy lista! ¿Nos vamos?

- De acuerdo.

Susan cogió su mochila y el equipaje de mano y antes de salir de aquel apartamento lo miro por última vez, e inspiró profundamente.
¡Ha sido un placer! - Dijo Susan.

Acto seguido cerró la puerta, y salió al aparcamiento donde José la estaba esperando.

- ¿Lista?

- Nací para ello.

- Siempre con sentido del humor. ¿Al final que tal se portó el jefe?

- Bien, me pago más incluso.

- Eso es genial, me alegro.

- Así que hoy a la comida invitaré yo.

- Me acabas de alegrar el día.

- ¿Y a dónde me llevas exactamente?

- ¡Ah! Eso solo lo sabrás cuando estés allí.

A medida que iba conduciendo, José le iba explicando los sitios por los que pasaba, y Susan no podía ocultar la admiración que sentía, los paisajes que veía al subir a la montaña la enamoraban. Y cuando José detuvo el coche en un mirador. Susan reconoció inmediatamente el paisaje.
Aquel paisaje era el que salía en todas las postales de la isla, y aún no había tenido oportunidad de verlo, daba gracias de que al menos ese día podía disfrutar de las vistas.


Al asomarse a la barandilla y ver aquellos acantilados y como las olas se rompían en las rocas, Susan se emocionó, la naturaleza era tan bella e impresionante. Que no podía dejar de pensar lo mucho que aún le quedaba por ver de este mundo. 

Y lo complicada que había sido su vida hasta entonces, quizás porque ella misma se había empeñado que así lo fuera.


Aquella imagen lo resumía todo, unía el cielo y la tierra en un punto del infinito, donde todo acababa siendo azul. Aquella imagen para ella significaba le suponía lo mismo que encontrar la olla de oro al final del arco iris. Hasta entonces había sido inimaginable y no podía evitar tener la sensación de que lo que tenía ante sus ojos se trataba de un sueño.

Al mirar al inmenso mar supo, que su vida, solo había empezado, y que ahora era el momento de comenzar a vivir, a disfrutar y a forjarse su propio camino.

Al lado del mar se sentía tan libre, que supo que el destino quería que eso pasase así, que sintiera lo grande que es el mar, como para empeñarse en vivir encerrado en una pequeña pecera, era hora de expandirse, de abrir su mente, y de conocer y comprender todo aquello que la rodeaba.

Era hora de cambiar.

Sin poder remediarlo comenzó a hacer fotos de todo lo que veía a su paso, quería inmortalizar cada momento, para no olvidar nunca aquel paisaje, y poder transportarse a el, cada vez que mirara su foto. Poder volver a tener las mismas sensaciones que en ese mismo momento sentía, cada vez que mirara las fotos. Poder sentir el aire como jugaba con su cabello, el sonido de las olas, el olor del mar, el calor tan confortable que le aportaba el sol.

Todas aquellas sensaciones que la llevaban a la felicidad.

- ¿Que tas? ¿Te gusta?

- Gustarme es poco.

- Es impresionante ¿Verdad? Ver tanta grandeza delante le hace a uno sentirse muy pequeño.

- Sí, este es un regalo al alcance de pocos.

- ¿Vamos a comer? Después proseguiremos el camino.

- Me parece bien.

- Te voy a llevar a un sitio que se de sobra que te encantará.

- ¿Sí? Estoy deseando verlo.

El restaurante, era de estilo rústico, muy bonito, pero lo mejor de el, eran las vistas, su mesa estaba situada junto a un inmenso ventanal que daba al mar, donde se podían ver como los dos extremos de la bahía intentaban unirse.

Susan se quedo sin palabras, sin duda aquella isla encerraba magia, no era de estraño que tantas personas la eligieran como lugar de vacaciones, y finalmente acabaran viviendo allí, pues ella si pudiera, también lo habría hecho.

Al acabar la comida, se pusieron de nuevo en camino, José quería aprovechar todo el tiempo posible para enseñarle el último rincón de todos. El que finalmente enamoró por completo a Susan. Al salir del coche, le tapó los ojos para evitar que mirara antes de tiempo. Susan comenzó a andar, guiada por él. Y cuando la detuvo al lado de lo que parecía una barandilla, le quitó las manos de los ojos y Susan vio esto:



Se trataba de una pequeña cala, donde el mar se tornaba de un color que Susan solo había visto por la televisión, no podía creer que fuera real, y que en España, hubiera unos sitios tan bellos, ella que siempre había soñado viajar fuera del país, era inconsciente de la riqueza pasajística que poseía este.

Pasear por aquel lugar era fascinante, con solo acercarse a las rocas, el agua era tan transparente que podía ver la variedad de peces que existían en el fondo, sin necesidad de sumergirse.

Más adelante entre las rocas, se apreciaban cuevas y fuertes, e incluso mazmorras. Que a medida que iba subiendo la marea, se quedaban sumergidas por el agua del mar. En aquel sitio se respiraba historia. Solo se imaginarse que cientos de años atrás habían pasado por allí, por el mismo lugar que ella pisaba ahora mismo, personas que habían contribuido a forjar la historia. El bello de su cuerpo se erizaba.

José solo podía sonreír al ver la cara de Susan, sabía que había acertado de pleno con ella, porque Susan era una curiosa por naturaleza, que sabía apreciar la belleza de cualquier pequeño detalle, y por supuesto, aquel lugar estaba lleno de pequeños detalles que lo hacían único.

- ¿Conforme?

Susan cerró los ojos e inspiro, para que sus pulmones se llenaran de aquel rico salitre. Y dejó escapar una lagrima de felicidad.

- Si, sin duda llevare este lugar siempre en mis recuerdos. ¡Gracias por todo!

Susan abrazó a José.

- Me alegro Susan, ha sido un placer tenerte aquí. 

Miró el reloj y dijo:

- Creo que ya va siendo hora de irnos, tu avión te espera.







jueves, 10 de octubre de 2013

Última noche

Al fin llegó el día que tanto tiempo había estado esperando, "SU ÚLTIMO DÍA". Atrás quedaban ya los días en los que las horas se hacían interminables, y el reloj se negaba a continuar avanzando. Ahora apenas faltaban unas horas para conseguir su libertad y la felicidad la embriagaba, al pensar que al día siguiente por esas horas, ya estaría en el aeropuerto.

Ese día decidió que iba a ser memorable y por suerte para ella, su jefe se encontraba mal y no había podido aparecer en todo el día por el local, así que ese día ellos eran sus propios encargados, su hija se pasaría a cerrar la caja, el resto del tiempo serían ellos sus propios jefes.

Por lo que la música que se oía en el local era por petición de los trabajadores, los chupitos rondaban por las mesas, y los camareros incluso se permitían el lujo de brindar con los clientes. 

Al caer la noche la poca vergüenza que le quedaba a Susan la había perdido, ahora bailaba salsa con su relaciones públicas, como si realmente lo que estuvieran haciendo esa noche no fuera un trabajo, si no más bien un juego. Los clientes se divertían con ellos, y sin darse cuenta, su terraza a diferencia de la del resto de los locales estaba llena.

Todos los turistas que pasaban alrededor querían formar parte de aquella fiesta. Y entraban curiosos.

Cristina que era a más centrada de todos ellos, y llevaba más años trabajando allí, y hasta que llegara la jefa ella era la chica de confianza.
 No estaba muy segura de lo que estaban haciendo y se mostraba rehacía a todo aquel espectáculo, reñía a los camareros por beber en el trabajo, por poner la música tan alta, por bailar entre ellos... Y cuando los dio por causas perdidas, porque su autoridad no los asustaba.

Se sentó dentro del local para ver la recaudación y se sorprendió al ver que aquella táctica había atraído a tanta gente esa noche, que la recaudación había mejorado considerablemente. Por lo que mantendrían al jefe contento esa noche.

Mientras tanto, Susan seguía disfrutando de la noche, la música que se escuchaba ahora era la de Estopa, porque a ella le encantaba ese grupo, y era algo diferente por allí. Lo que consiguió que todos sus compañeros de trabajo se pusieran a cantar las canciones, e incluso que se motivaran los camareros de las terrazas contiguas a la suya. 

En todo aquel tiempo, Susan había entablado relación con muchos de los camareros de los alrededores, y se divertía mucho con las locuras de cada uno de ellos.

La terraza de la izquierda tenía un equipo de trabajo de unos 6 camareros, y tres de ellos competían entre ellos por conquistar a Susan, desde que se habían dado cuenta de que Ernesto no pasaba por las noches a recogerla, todas las noches intentaban llamar su atención de mil maneras distintas.

Una de las noches, se habían puesto a recoger su terraza, subieron el volumen de la música y con los cojines de las sillas se pusieron a bailar intentando hacer una especie de baile sensual para Susan y el más loco de ellos cogió una caja de cartón, y la pintó como el robot del videoclip de LMFAO "Party Rock" y se puso a imitar sus pasos de baile gritando su nombre.

Susan al ver aquella escena que le resultaba tan patética no podía dejar de reír, la imaginación de aquellos hombres no tenía límites.

Y esa noche al enterarse que era la última vez que verían a Susan traspasaron las lineas fronterizas de su local para ponerse en la puerta de su local para pedirle su número de teléfono. Susan comenzó a reírse pero se negó en rotundo,  dos de ellos ante el rechazo se fueron cabizbajos pero el que se había disfrazado de robot, enmudeció, se puso de rodillas y comenzó a tirarle flechitas como si de cupido se tratase. 

Susan no podía reír más al ver aquella escena, era tan surrealista, que al ver que no se cansaba decidió coger una de las flechitas imaginarias, partirla con la pierna y lanzarla al suelo.

Al hacer eso el muchacho la miró, y se llevó las manos a la cara gesticulando como si estuviera llorando, después se llevó las manos al corazón, miró a Susan, volvió a señalar su corazón y con su dedo índice dibujo una grieta en él y acto seguido, se arrojó al suelo.

Susan no se podía creer hasta donde llegaba la locura de ese hombre, era inevitable no reírse con él.
Al escuchar su risa, él abrió uno de sus ojos, y sin levantarse del suelo de dijo:

- ¿Cenarás conmigo esta noche?

- Déjame trabajar, por favor te lo pido, eres muy gracioso, me caes muy bien, pero no eres para nada mi tipo, lo siento.

- ¿Tu tipo?

Entonces él se levantó del suelo y comenzó a mirarse de abajo a arriba.

- Pues no se porque dices eso... Soy de estatura media.

(Más bien bajito pensó Susan)

- Tengo un cuerpo robusto, vamos que estoy apretado. (Esto lo dijo tocándose la barriga como si de una embarazada se tratase).

(Más bien gordo, pensó Susan)

- Soy buen partido, de cara se que soy como una persona normal, pero ¡Ojo! Que los hay más feos que yo...

(Y más guapos también pensó Susan)

- Tengo trabajo, en mis ratos libres soy humorista y tengo una gran personalidad.

- Eso no hace falta que me lo jures, y que tienes una gran seguridad en ti mismo, te ves con muy buenos ojos tampoco hace falta que me lo digas.

- No se que más puedo hacer para convencerte...

- Si es que no me tienes que convencer, no ves que no me gustas.

- Eres demasiado exigente y cruel.

- Soy sincera, porque si accediera a quedar contigo sería solo por pena ¿Acaso prefieres eso?

- Por supuesto, si puedo conseguirlo de alguna manera, me da igual de la manera que sea.

- Eres muy gracioso en serio, pero lo siento no va a poder ser, ¡Ríndete!

- Yo jamás me doy por vencido, pero que sepas que tus palabras me han dolido.

- No sera para tanto estoy segura de que conseguirás superarlo antes de que acabe la noche.

- Mira en eso si que tienes razón, ¡Buen viaje cordosiesa!

- ¡Oyéééé!

Y antes de que Susan pudiera responderle desapareció de allí.

Cristina que había estado observando toda aquella escena, y no podía parar de reír al igual que Susan se acerco a ella y le dijo:

- Voy a echar de menos estas locuras que pasan contigo "break hearts" los tienes a todos loquitos.

- Bueno la verdad es que me hacen reír mucho, pero para tener locos a esta clase de gente prefiero estarme quieta.

La camarera de la terraza de la derecha se acercó a ella, el local en el que ella trabaja era de shushi, por tanto la gente que iba a él era más cool. Y se tenían que comportar de manera más distinguida.

- ¡Que envidia me dais! Vosotros si que os lo sabéis pasar bien. Susan es tú última noche aquí ¿No?

- Si, así es.

- La mía también, ¡Así que habrá que celebrarlo!

- Por supuesto.

A medida que la noche iba avanzando la embriaguez de ambas se iba haciendo más evidente. Y Helena (así era como se llamaba la camarera). Se acercaba de manera más confiada a Susan e incluso compartían bromas. Siempre habían tenido un trato cordial hasta la fecha, pero aquella noche estaban de celebración.

Cuando Helena acabó su trabajo se acercó a Susan, pasó el brazo sobre sus hombros y le dijo:

- ¡Acompáñame!

- Pero, estoy trabajando.

- Solo será un momento. Mira, es que estos dos (Señaló a sus compañeros de trabajo) me han dicho que si les traía una muchacha guapa me invitaban a una cerveza, y entonces lo e visto claro y he ido a buscarte.

- ¡Ah! 

Susan en ese momento comenzó a sospechar se giró, buscando con la mirada a Cristina y cuando la vio reírse supuso que ella sabía algo que Susan aún desconocía, así que cuando se libró de aquella situación embarazosa. Se acercó a Cristina para preguntárselo.

- ¡Dime!

- ¿Qué quieres que te diga? (Cristina no podía ocultar su diversión)

- Lo que te hace tanta gracia, se que aquí pasa algo raro, pero no quiero precipitarme ni lanzar falsas acusaciones.

- Que creo que esta noche no solo arrasas con los hombres.

- ¿En serio? Helena es...

Cristina se limitó a afirmar con la cabeza.

- ¿No notabas algo extraño?

- Hombre, ella viste un poco alternativa, y es muy guapa, pero ¡Yo que se! Como hoy en día cada uno se viste como quiere...

- Pues  andate con ojo, porque esas confianzas no son típicas en ella.

- Lo que me faltaba.

- ¿Vas a ir con ella? 

- Porqué no, quizás nos lo estamos imaginando y solo son conjeturas. (No fue así). Además me apetece salir esta noche, y ya que tú no quieres animarte...

- ¿Yo? ¡Que va! Estoy demasiado cansada, y no soy de fiestas.

- Susan (la llamó Helena)

- Dime.

- Yo ya he acabado, me voy al pub de la esquina, cuando acabes pásate por allí.

- De acuerdo.

Cristina al oír la afirmación, no pudo contener la risa.

Cuando llegó la hora de acabar, el su jefe apareció y la llamó para que entrara en su despacho.
¡Al fin era la hora de cobrar! 

- ¡Toma! Tal y como acordamos al final, me ha gustado tu manera de trabajar y he decidido darte 100€ más, lamento todo lo ocurrido entre nosotros, de verdad. Me equivoque contigo. Y me gustaría desearte suerte, y decirte que si el año que viene buscas trabajo, no dudes en llamarme.

Susan no pudo ocultar su emoción, y le dio un abrazo.

- ¡Muchas gracias de verdad! Gracias a usted, voy a poder seguir estudiando y cumplir mi sueño.

- Te lo agradezco, pero no todo el mérito ha sido mio, tu también tienes la culpa.

- Gracias de todo corazón.

- ¡Ya sabes! Si algún día estoy enfermo, espero que tu puedas cuidarme.

- Por supuesto.

- Que tengas buen viaje.

- Cuídese mucho y gracias de nuevo.


Cuando salió de allí se despidió de todos sus compañeros y les dio las gracias de nuevo. Y fue para el pub donde la estaba esperando Helena. 

Al entrar la vio en una de las mesas que había junto a la barra con unos amigos muy de su estilo, en ese momento le dio un poco de reparo y vergüenza acercarse a ellos, pero cuando se disponía a salir de allí, Helena la vio y grito su nombre. Llamando su atención, y obligandola de esa manera a unirse a ellos.


Susan pensaba que aquella situación iba a ser más violenta, y que se sentiría más incomoda, pero para nada fe así, los amigos de Helena eran muy peculiares y cada uno de ellos más divertido que el anterior, hablaban de cualquier tema sin tapujos, y Susan se integraba en las conversaciones sin ningún problema, tanto que incluso se reían con sus bromas. 

También el estado de embriaguez de Susan influía, que cada vez iba siendo menos consciente de lo que pasaba a su alrededor. Y sin darse cuenta se había quedado a solas con Helena, todo el mundo, se había ido marchando y ella no había sido consciente de ello. Hasta que el camarero les dijo que tenía que cerrar el local.

Entonces, ambas salieron de allí y Helena le ofreció invitarla a su casa, pero a Susan no le hacia mucha gracia la idea, y se excuso diciendo que estaba cansada. De manera que ambas comenzaron a andar por la playa, Susan le había dicho a Helena que no era necesario que la acompañara, que ella iría sin problema, pero Helena insistió, el cielo comenzaba a iluminarse, estaba a punto de amanecer.
Y a medida que iban avanzando en sus pasos, Susan se replanteaba más y más lo que acabaría pasando entre ella y Helena.

A lo largo de la noche Helena ya le había dejado bastante claro a Susan cuales eran sus gustos, le había reiterado bastantes veces lo mucho que le gustaba y no dejaba de decirle piropos. Por lo que sabía que Helena aunque tuviera pareja, intentaría algo con ella.
Susan que siempre había tenido curiosidad por saber lo que se sentiría, al estar con una mujer.  Ya había estado tentada en varias  ocasiones durante la noche de encaminarse a comprobarlo. Pero su conciencia la había retenido hasta entonces.
Aún no sabía muy bien porque, quizás fuera el alcohol, sus ojos verdes o el tono sensual de su voz, pero  se sentía muy atraída por Helena, de manera que cuando Helena se acercó a ella, Susan no pudo pararla, y se dejó  llevar perdiéndose en su beso.







miércoles, 9 de octubre de 2013

Cumpleaños

Los días siguientes a la marcha de Ernesto pasaron, como las gotas de lluvia que caían ahora sobre el cristal, pasaban rápidos, sin rumbo aparente y dejaban una estela que desaparecía segundos después.

Susan se limitaba a comer, trabajar y dormir. Todo por ese orden, la situación era muy aburrida y desesperante, los días se hacían eternos y en las noches su único consuelo era la comida. Su apetito era voraz.

Su aumento de peso estaba comenzando a ser tema de conversación, sobre todo en su trabajo, en el fondo Susan pensaba que era  normal. Hasta la fecha su alimentación era bastante escasa, apenas tenía apetito y hacia bastante deporte, sin embargo,  desde que había comenzado a trabajar, no hacía ejercicio, y siempre estaba hambrienta, su alimentación era pésima, porque pasaba muchas horas en el restaurante y casi siempre la comida que ponían era pasta, o fritura.
Si a eso le sumaba la cantidad de helado que ingería para calmar su apetito, era muy normal que su peso variara considerablemente.

Había momentos en los que ella se veía igual, incluso mejor que antes. aunque en las últimas noches era consciente de que su apetito la obligaba a levantarse de la cama, pues no podía conciliar el sueño teniendo hambre y necesitaba seguir comiendo. Lo peor era que no podía dejar de comer hasta que acababa con todos los dulces que estaban a su alcance.

Esto la hacía sentirse culpable y volver a encontrarse cara a cara con sus miedos. Esto comenzaba a causarle grandes problemas, que la sumían en la desesperación, pues era muy consciente de sus actos, e intentaba luchar contra esos pensamientos negativos, pero su mente podía con su fuerza de voluntad y al final siempre acababa resolviendo los problemas en el mismo sitio... El baño.

Esto la hacía sentirse la peor persona del mundo porque sabía que tenía un problema al que debía enfrentarse, quería controlarse, pero su fuerza de voluntad era ínfima a comparación, con su insaciable apetito. Su mente una vez más ganaba la lucha.

Había entrado en un circulo vicioso del que luchaba con todas sus fuerzas escapar. Pero la situación se le escapaba de las manos.

Cualquier comentario sobre su aspecto la hacía sentirse mal y menospreciada, no quería hablar de ello con nadie, porque en parte no tenía a nadie a quien contárselo.

Esto repercutía en su humor, aunque en su trabajo intentaba comportarse indiferente. Y aparentar ser la persona más feliz del mundo.

Aunque algunos de sus compañeros de trabajo empezaban a sospechar que algo extraño pasaba, sobre todo cuando siempre que la buscaban Susan salia del baño.

No era de extrañar  que la gente que trabajaba en la hostelería consumiera drogas para mantenerse, ágil y despiertos durante tantas horas. Aunque el problema de Susan fuera bastante distinto, los rumores sobre su persona comenzaron a circular, ella había negado hasta la saciedad cuando le preguntaban por el consumo de drogas, porque era lo cierto. La molestaba que nadie la creyera, pero prefería que pensaran eso de ella a contar la verdad. Y que la vieran como una enferma.



El día de su regreso a casa se acercaba, eso, entre otras cosas la hacía sentirse más ansiosa aún, este año estrenaba el curso con una nueva vida, una nueva identidad, y unas nuevas ganas de luchar. Llevaba dos años sin saber lo que era sentirse presionada y agobiada con los exámenes, sin relacionarse con compañeros de clase, sin tener que hacer trabajos y quedarse estudiando hasta las tantas y lo echaba de menos.

Su mundo estaba a punto de ser tal y como ella quería, ahora estaba un paso más cerca, y lo había conseguido por sí misma.

Cada vez le quedaba menos tiempo, y tenía que dejar atados los cabos sueltos que ahora habían aparecido en su conducta, y que hasta ahora había estado obviando.

En su trabajo, la situación se tensaba, a medida que se iba acabando la temporada de verano, la gente escaseaba y el dinero que se hacia en caja hasta entonces, no se veía no de lejos.
Esto suponía un enfado constante del jefe y un ambiente de trabajo más hostil si cabía.


Cuando llegó el día de su cumpleaños Susan se levantó, y pensó que acababa de  dejar atrás uno de los años más pésimos de su vida, tenía ganas ya de deshacerse de el. Y empezar una nueva etapa.
Se encontraba melancólica porque estaba lejos de casa, por esas fechas deseaba estar celebrándolo con sus amigas, pero la realidad es que tenía que pasarse 14 horas trabajando y eso no era plato de buen gusto. Aunque el lado positivo era que su contrato expiraría en un par de días.

Miró los mensajes de felicitación de sus amigos en las redes sociales y decidió dejar el teléfono de lado para comenzar a trabajar.

El día lucía precioso y mientras estaba sirviendo mesas, no podía dejar de imaginarse siendo la protagonista de aquel paisaje.

Lo que la apenaba más era saber que dentro de unos días se marcharía de allí y no podría volver a disfrutar de aquel paisaje.

Puede que aquel no fuera el mejor trabajo del mundo, pero sin duda no trabajaría jamás en un sitio con aquellas vistas.

Mientras estaba abstraída en sus pensamientos, vio que una mano se movía enérgicamente ante su cara y volvió al mundo.

- ¡Perdone es que estaba distraída mirando las nubes!

- Ya la he visto, ¿Me podría traer una cuchara?

- Si, sin problemas.

Cuando volvió a la mesa que le había pedido el cubierto, el hombre la miró y le sonrió.

- Es bonito ¿Verdad?

- Si.

- Debe ser una soñadora si le gusta mirar a las nubes.

Susan se limitó a sonreirle y a proseguir con su trabajo. 

Cuando entró en el local, miró de nuevo su teléfono y vio un mensaje que no se esperaba.

-Hugo:  Se que quizás sea la última persona que esperabas que hoy te felicitara, pero para mi hoy no es un día más, me hubiera gustado poder a tu lado para felicitarte, pero las circunstancias son otras. Te deseo lo mejor, y que seas muy feliz y consigas lograr tus sueños.

Susan notó como su cuerpo iba entrando en calor, aquel mensaje la había puesto muy nerviosa y solo quería gritarle a alguien. No era justo que después de no dar señales de vida cuando paso lo de su abuela, que ahora se dignara a hablarle, era intolerable. Estaba tan indignada que quería decírselo a toda costa.

- La verdad es que no esperaba noticias tuyas, y menos después de que falleciera mi abuela, y no te dignaras a hablarme, ahora no se con que derecho te crees que puedes venir a hablarme.

- No te hable porque tú me dijiste que no lo hiciera. No quiero molestarte de verdad, solo quería saber de ti y felicitarte nada más, son muchos años, como para olvidarme de este día.

- Sigo sin entender porque ese día no te dignaste y hoy si, pero vamos que te deseo lo mejor y que encuentres la felicidad. Adiós.

Él siguió escribiendo, pero Susan no podía seguir mirando los mensajes, Susan sentía como si por cada mensaje que llegaba a su móvil, alguien le asestara una puñalada. Así que lo mejor que pudo hacer fue apagar el móvil.

Para aliviar ese dolor que sentía, hubiera preferido caerse en un barril solo con alcohol, pero el momento no se lo permitía así que tomó otra opción, fue a la cocina y le pidió a la cocinera que le hiciera un crêpe lo necesitaba bien cargado de chocolate y a poder ser con helado. Lo necesitaba con urgencia y lo devoró a escondidas sin que nadie la viera, y lo peor es que le había sabido a poco. Necesitaba más, su apetito estaba descontrolado por completo.

Al sentir que la impotencia se apoderaba de ella, empezó a hiperventilar, había tenido esa sensación antes, notaba como una fuerza oprimía su pecho y no la dejaba respirar, la estaba asfixiando cada vez más y más, y esa sensación agobiante se estaba apoderando de ella, necesitaba alejarse de cualquiera, quería estar sola. No podía dejar que nadie la viera así.

Corrió a esconderse en el cuarto de baño, abrió el grifo del lavabo y comenzó a enjuagarse la cara, pero el contraste del agua fría, hizo que su cuerpo se estremeciera ante las nauseas.

Siempre le pasaba lo mismo, estaba acostumbrada a esa sensación, en el último año había sufrido muchos ataques, y ahora, sentía como le flaqueaban las fuerzas, lo único que le apetecía en aquel instante era ponerse a llorar desconsoladamente, hasta que aquella sensación de opresión desapareciera por el agotamiento. 

Pero no podía, no ahora, no hoy, no permitiría que nadie la viera así. Se lavó la cara y mirándose al espejo se sereno y se dijo a si misma ¡Basta, esta etapa está cerrada ya! A partir de ahora voy a ser fuerte y no dejaré que nada ni nadie me hunda.

Salió del baño, con apariencia tranquila, cogió una bandeja y se dispuso a salir a la terraza, para servir la mesa que le pertenecía. 
Cuando se llevó una de las sorpresas de su vida, toda la terraza del local, comenzó a cantarle "Happy birthday"  Susan no podía creer de lo que estaba siendo protagonista.

 Cristina había hablado con todos los clientes, y les dio una bengala a todos, para que cuando Susan saliera viera el espectáculo, era impresionante, cuando las terrazas de los locales contiguos también cantaban y la aplaudían.

Susan no sabía donde meterse en ese momento, el cúmulo de sensaciones que recorrieron su cuerpo eran tan indescriptibles, que cuando vio aparecer a cristina y a su jefa salir de entre los clientes con una tarta en las manos llena de velas. Rompió a llorar.

Nunca le habían dado una sorpresa así y la emoción pudo con ella.

Desde aquel momento nada pudo estropearle el día, hasta las nubes se habían tornado de otro color.




Nunca olvidaría ese atardecer, estaba cargado de magia, aquella sorpresa había recargado sus fuezas e invitaba a Susan a seguir hacia delante y disfrutar de los días que le quedaban.

Susan se secó  las lágrimas y se abrazó a ellas, sin poder decir nada.

Susan cogió dos botellas de champan y comenzó a invitar a los clientes, y ellos comenzaron a hablar con Susan y a felicitarla personalmente, algunos le daban la mano y le regalaban propinas, monedas de sus respectivos países...

Nunca podía haberse esperado algo así. Ese día no podía dejar de reír y de llorar, sin duda no lo podría haber soñado nunca, si el año anterior alguien le hubiera dicho que dentro de un año, iba a estar sola celebrando a tantos kilómetros de casa su cumpleaños, con decenas de desconocidos cantándole, y felicitándole, habría dicho que era imposible.


La vida puede cambiar en un solo suspiro Susan, nunca lo olvides.



Despedida con sabor a chocolate.

Llegó la hora de salir de allí, Susan sabia de sobra donde estaría Ernesto, y salió en su busca. Pero cuando llegó a la esquina, no había nadie.

¿Dónde está? - Se preguntó Susan.

Comenzó a buscarlo por la calle, mirando hacia un lado y otro de la calle. Y en el momento que estaba cogiendo su móvil para llamarlo, escucho unos cascos de caballo, se giró bruscamente para verlo, pero para su decepción no se trataba de él.

La desesperación comenzó a hacer mella en ella, y lo llamó, pero él no le cogía el teléfono.

Cuando estaba pagando su frustración con el teléfono, el hombre que conducía el coche de caballos, se detuvo ante ella.

- ¿La llevo a alguna parte señorita?

- No gracias.

- ¿Qué hace aquí sola, a estás horas?

A Susan le hubiera gustado contestar, ¡Metase en sus asuntos! ¿A caso le pregunto yo por su vida? Pero decidió ser más cordial. Y no dejarse llevar por la rabia que tenía en ese momento, y pagarla con ese pobre hombre.

- Estoy esperando a que me recojan.

- Que casualidad, a mi me han encargado que recoja a alguien.

Los ojos de Susan se abrieron como platos, el cochero al ver su cara de sorpresa comenzó a reírse.

- ¿Es usted Susan?

- Si, ¿Cómo sabe mi nombre?

Él no contestó a su pregunta, simplemente se limitó a sonreirle.

- Creo que debe mirar la parte de atrás del carro.

Susan, estaba perpleja ¿Qué tramaba Ernesto? Cada vez que pensaba que no podía sorprenderla de una manera distinta se superaba, y mira que le tenía dicho que no le gustaba nada subirse a un coche de caballos. Al mirar la parte de atrás había una pequeña cajita de bombones con un sobre. No pudo esperar ni un segundo a abrirlo y leer su contenido. Tanto misterio podía con ella.

"Querida Susan, como habrás comprobado, 
no iba a dejar que esta noche, simplemente
 fuera una más. Aunque sabes que contigo
 eso es simplemente imposible. 
Por eso he mandado a alguien en tu busca,
y como se lo que opinas al respecto de subir
en el coche de caballos, e he preparado una
sorpresa menos evidente, y que espero que te 
guste... 
pd: Mira debajo del asiento."


Inmediatamente lo hizo y debajo del asiento encontró un casco rosa palo con la estrella de converse dibujado en el lateral, era precioso.


- ¡No me lo puedo creer! ¿Dónde está la moto?

- Es simple, busca una que vaya a juego con el casco.

Después de haber buscado a su alrededor, rápidamente se detuvo, estaba a su izquierda a unos 200 metros de ella, era una vespa rosa del mismo color que el casco y con la tapicería beige, era simplemente perfecta. Aunque no estaba muy acorde con su estilo, y su ropa de camarera.

- ¡Definitivamente se ha vuelto loco! ¿Usted tiene las llaves?

- Si.

Se sacó del bolsillo de su chaleco negro las llaves y se las entregó a Susan.

- ¿Y donde se supone que tengo que ir?

- Las instrucciones están en la vespa. Y ahora m tengo que marchar, un placer señorita.

- Gracias e igualmente.

Susan se quedo mirando las llaves, mientras aquel homre y su aire de misterio se iban de allí dejando la calle sola.

No estoy segura de saber conducir esto, solo lo hice una vez y hace un par de años de ello, espero que sea como montar en bici.

Al acercarse a la vespa, se percató de que había una nota pegada en el asiento.

" Susana ha llegado la hora de jugar.
Quiero que te dirijas a la rotonda de la 
silla, sabrás cual es porque hemos pasado 
cientos de veces, deberás tomar la segunda
salida, sigue recto y sabrás donde parar.
pd: ¡No me odies! Ten cuidado ;)"


Definitivamente se ha vuelto loco, y ha tenido mucho tiempo libre, me pregunto desde cuando estaría planeando esto. ¿Dónde debo parar? Si no tengo ni idea de donde voy, solo espero no perderme, porque me queda poca batería en el móvil.


Arrancó su vespa y puso rumbo a lo desconocido...

Cuando salió de la rotonda por donde él le había indicado, comenzó a agudizar sus sentidos, había pasado muchas veces por allí con Ernesto, pero nunca se habían detenido en ningún restaurante de por allí.

Entonces lo vio "El Mosquito" sin duda debía de ser allí, ese sitio era un pub cool, que había llamado la atención de Susan porque su nombre hacía referencia a la mayor parte de la fauna autóctona, pues desde que estaba allí los mosquitos, se cebaban con ella.

Era por eso que siempre que veía ese sitio le llamaba la atención, pero hasta la fecha nunca había entrado, siempre decía, algún día tengo que entrar, pero nunca lo hacía.

Así que Ernesto había decidido por ella que esa fuera la noche indicada.

Aparcó la vespa en la puerta del local. Se quitó el casco y se paró a mirarse en el retrovisor.
¡Maldita sea, no me esperaba para nada que me trajese aquí, menos mal que me maquille antes de salir del trabajo! Aunque mi ropa... Deja mucho que desear.

Estuvo unos minutos, junto a la puerta, sin querer entrar por vergüenza, cuando una de las relaciones públicas del local se acercó a ella.

- ¿Eres Susan?

- Si, ¿Cómo...?

La muchacha no la dejo hablar, directamente tomó su brazo y comenzó a guiarla, sin parar de hablar...

- Mi nombre es Marta, Ernesto me avisó de que vendrías así, y como el sabia que te sentirías incomoda, me pidió que te diera una cosa, acompáñame...

Cuando Susan entró a lo que parecía que era un palco privado donde se veía todo el local, vio encima de uno de los sofás dos cajas.

- Espero que ahí encuentres todo lo que necesitas y sea de tu gusto, conozco a Ernesto desde hace tiempo, y me ha pedido el favor de que te trajera algo de maquillaje también, porque dijo que así te sentirías más cómoda, está en el cuarto de baño que esta a tu derecha.

- ¿También tiene baño?

- Por supuesto es la zona vip, y por tanto tiene que tener lo mejor, para los mejores.

- Esto es grandísimo, y el local es muy bonito por dentro.

- Si verdad, los jefes se tomaron las molestias necesarias para que la gente que entrara aquí se sorprendiera, y no lo viera simplemente como un pub chilao más.

- Pues dile de mi parte, que lo han conseguido.

- Gracias, si necesitas algo más estaré fuera. Avísame cuando acabes.

Susan abrió la caja grande primero. En ella había un vestido largo de coctel precioso, era de color rojo, con poco escote y con corte de barco, tal y como a ella le gustaba, bajo el pecho; tenía una pequeña moña de pedrería que recogía con unos finos pliegues el vestido por la zona del abdomen.
Y para finalizar, acababa con una raja desde un poco más arriba de la rodilla hasta los pies.

Era perfecto. Sencillo y elegante a la vez, ni en sus mejores sueños, habría podido describir un vestido mejor que ese. Y lo curioso es que lo había elegido él.

Al abrir la otra caja se encontró con unos zapatos de tacón  de color negro, que seguían la estética de su vestido y combinaban a la perfección, con un leve toque de brillo.

Al ponerse todo aquello, Susan se soltó el pelo, y se miró al espejo, ni ella misma creía lo que estaba viendo, nunca había estado tan elegante, cogió la pequeña caja que había en el lavabo, la abrió y vio muchas pinturas, pero se limitó a coger tan solo un pintalabios rojo.

Cuando se pintó los labios, volvió a mirarse en su conjunto, estaba irreconocible. Tanto que incluso le daba vergüenza salir de allí de aquella manera, iba más bien vestida para una boda. Y se sentía muy rara.

Mientras estaba dubitativa, entre si salir de allí o no, Marta llamó a la puerta.

- ¿Estás lista ya?

- Creo que sí...

En ese momento la puerta de la sala se abrió y entró Ernesto, más guapo que nunca, no lo había visto con traje y aquella imagen la sorprendió gratamente, dejando a Susan boquiabierta y fuera de juego.

La camisa blanca resaltaba su tono de piel, la corbata azul marino, hacía juego con sus oscuros ojos, y su pelo que siempre andaba alborotado ahora estaba tan bien recogido, que definitivamente parecía otra persona totalmente distinta.

- ¡VAYA! Sabia que ese vestido te quedaría bien, pero realmente estas...

- ¡Gracias! Tu también estás diferente, acostumbrada a verte desaliñado...

Ambos se sonrieron, era una situación un poco incómoda, Susan no se sentía ella misma con esa ropa, aunque le quedara tan bien, para su gusto era demasiado.

Bajaron al local para disfrutar de la noche y bailar un rato, Marta ya se había ido y los había dejado solos. 
Para Susan la forma que tenía Ernesto de mirarla la divertía, era como pasearse cerca de caimanes hambrientos, sabia que en cualquier momento correría el riesgo de que la devorara y no solo con la mirada.
Pero era un riesgo que estaba dispuesta a asumir. Ese pensamiento, hizo que Susan sintiera un ardiente fervor, y tuviera la necesidad de acercarse a la barra para pedir de su copa.

- ¿Está noche te apetece beber?

- Para eso hemos venido no.

La sonrisa de Ernesto lo delataba.

- Si, claro...

- ¿Te apetece algo? 

- ¡No te preocupes invito yo!

- De eso nada, después de todo lo que has organizado y el vestido... Estoy segura de que es lo mínimo que puedo hacer.

- No es nada, solo quería que tuvieras un buen recuerdo de mi.

- Dime la verdad, ¿Cómo eres realmente? Porque no existe el hombre perfecto, y sinceramente tú con estas cosas te estás acercando bastante.

- Yo soy como me ves.

- Algún fallo tendrás que tener.

- No, no solo tengo uno, yo diría que son más bien, muchos.

- ¿Y a que esperas para enseñármelos?

- En otro momento mejor, no me apetece desperdiciar nuestra última noche.

- Si es la última, entonces no habrá otro momento...

- En ese caso correré el riesgo de que tan solo te quedes con lo mejor de mi.

- Eso es hacer trampa.

Susan le dedico una sonrisa pícara a Ernesto, y él respondió a la provocación acortando cada vez más la distancia entre ambos, la tensión se palpaba en el ambiente y aún no se habían dado ni un simple beso, y Susan moría de ganas porque lo hiciera. Él sin embargo, se estaba haciendo de rogar, acortando la distancia lentamente, como si estuviera aplicándole la peor de las torturas.
Al fin cuando sus labios estaban próximos a los de ella y sintió como el calor de sus manos traspasaba la fina tela de su vestido, ella cerró los ojos, y entreabrió sus labios, esperando la misma respuesta de su parte.

Cuando una voz masculina la abstrajo del motivo de su deseo, alguien había llamado a Ernesto. Él se dio la vuelta para saludarlo y comenzaron a hablar. Por lo que parecía eran amigos. Ya que él parecía haberse olvidado de Susan, ella decidió beber, y hacer un repaso general del local, y las personas que había en el. Evitando así escuchar la conversación de Ernesto, ya que como no se había dignado a presentarle a su amigo, se sentía ajena a esa conversación.

Susan comenzó a aburrirse y sacó su teléfono para hablar con Ana, de soslayo vio como Ernesto había acabado su copa y estaba invitando a su amigo a otra, estaba claro que se tenía que despedir de todo el mundo, pero a Susan no le parecía bien que la dejara olvidada de aquella forma.

- Ana, me estoy aburriendo, ¿Crees que se avergüenza de mi?

- No seas tonta, ¿Porqué dices eso?

- Es que no entiendo porque no me presenta a nadie, al parecer han llegado dos conocidos más de él, y sigue hablando con ellos, y no se acuerda de con quien a venido.

- Es normal que se quiera despedir de todo el mundo...

- Ya si hasta ahí yo lo entiendo.

- Quizás es que no tiene costumbre de hacer presentaciones, yo que se.

Susan decidió inspeccionar el local por su cuenta, y buscar de paso un baño, estaba segura que Ernesto no notaría su ausencia, así que no le apetecía ni decírselo.

En ese momento, uno de los camareros se acercó a Susan para preguntarle si quería otra copa.

-No gracias.

- Que pena a esta iba a invitar yo.

- Se lo agradezco, bueno en ese caso me sabe mal hacerle el feo.

- Me encantan las mujeres agradecidas. ¿Ha venido sola?

- Eso parece ¿Verdad?

- Si, bueno al menos esa impresión me ha dado. No la veo acompañada de nadie. 

- Pues la verdad es que si venía acompañada, pero mi acompañante ha preferido otra compañía esta noche.

- Es una pena, yo le aseguro que si tuviera una mujer como tú a mi lado no la dejaría escapar.

- Bueno, eso decís todos, luego con el tiempo os entra la amnesia y no hay nada que hacer.

- ¿Lleva mucho tiempo con él? 

- Lo gracioso es eso, que ni si quiera llevo tiempo con él. Cada vez se deshacen de mi más rápido.

La conversación estaba enfureciendo a Susan y sentía que cada vez tenía más ganas de estallar, pero está vez no sería necesario. 

- Sabe, dígale al hombre de la corbata azul marino, cuando pase un rato, que me he ido, que estaba cansada. Muchas gracias por ofrecerme esa copa. Quizás otro día se la acepte.

- De acuerdo señorita.

- Una cosa más, sabría decirme ¿Dónde está Marta?

- ¿La conoce?

- Ha sido ella la que me ha traído aquí.

- Un momento, que voy a avisarla.

Susan miró recelosa, los amigos o conocidos de Ernesto se habían acercado para despedirlo. Y cada vez eran más numerosos. No dejaban de beber y de fumar.
Con lo mucho que odiaba Susan el tabaco al fin sus defectos salían a la luz. Hasta ahora había estado guardando las apariencias, para agradar a Susan, pero ella sabia que la realidad debía ser muy distinta.

- Susan, ¿Ya te vas?

- Si, al parecer no me necesitan. - Dijo Susan mirando para la dirección donde se encontraba Ernesto.

- Entiendo...

- Si me hicieras el favor de darme mi ropa, estoy cansada de llevar este vestido.

- Por supuesto, no te preocupes, ¡Sígueme!

A medida que iban subiendo las escaleras hasta la sala donde habían estado antes, Marta hablaba cada vez más.

- Sabes, no debería extrañarte ese comportamiento, él es así... Lo conozco desde hace tiempo, y primero las hace sentir únicas en el mundo, hasta que se gana su confianza y luego... Simplemente se olvida de ellas. Pero hoy cuando ha venido a contarme que te quería sorprender me a dado una impresión diferente.

- Supongo, que es porque se va mañana.

- Entonces querrá despedirse, su problema es que el alcohol lo pierde, le encanta beber, y olvida todo lo de su alrededor. Por aquí suele venir mucho, por eso conoce a tanta gente de aquí, se solía pasar las horas solo en la barra bebiendo, contándole a todo el mundo que lo había dejado su novia, y camelándose a las guiris.

- Supongo que yo, tan solo soy una tonta más.

- No cariño, no te culpes, eres una mujer, nosotras somos así, nos entregamos siempre para que luego nos dejen tiradas, nos manipulen y nos engañen. Yo si fuera tú aprovechaba la situación y me quedaba con ese precioso vestido y esos zapatos. No todo es malo.

- Visto de esa manera...

- ¡Claro! En esta vida hay que ser práctica, no se aprovechan ellos, pues hagamos nosotras lo mismo.

- Me podrías pedir un taxi y darle a él las llaves de la vespa.

- Por supuesto, no te preocupes. Aquí está tu ropa.

Susan entró a la habitación y comenzó a cambiarse de ropa. Cuando salió Marta la estaba esperando en la puerta.

- Ya he llamado al taxi, Ernesto me ha preguntado por ti, ¿Qué le digo?

- Que se quede con sus amigos,y se despida de ellos, que ha sido un placer conocerlo.

- De acuerdo.

Marta acompañó a Susan hasta el taxi, Susan le dio las gracias, y le entregó la postal a Marta para que se la diera a Ernesto. Susan se subió al taxi y se despidió de ella.

En ese momento Susan recibió un mensaje de Ernesto.

- ¿Porqué te has ido sin decirme nada?

- Tú no eras consciente de mi presencia, que más da, disfruta de la noche con tus amigos un beso.

- Me gustaría verte mañana, se que mi vuelo sale muy temprano, pero si no te importa...

- Lo siento, el tren solo sale una vez.

Y con esa frase puso punto y final a su primer amor de verano, no se arrepentía de lo que había sucedido, porque al fin y al cabo, se lo había pasado bien y había estado entretenida, lo ocurrido solo la había puesto en sobre aviso de que jamás confiara tanto en alguien en tan poco tiempo. Porque cuanto más grande fuera la subida, más rápido sería la bajada.

Con estos pensamientos entró en el apartamento de José, hacia bastante tiempo que no se quedaba a dormir por allí, y solo se comunicaba con la pareja por whatsapp. Ahora tocaba volver a la realidad, así que cogió la caja de bombones que Ernesto le había regalado y comenzó a comer.
Al menos así tendría algo dulce de aquella noche.