- Tienes que estar con muchas ganas de llegar a casa ¿Verdad Gambita?
Al ver el mensaje, algo comenzó a moverse dentro de Susan, el día de su cumpleaños, había sido muy condescendiente y no daba a Susan pie para mantener una conversación.
Y hoy era él, el que volvía a buscarla. ¿Cómo era posible que se acordara del día de su vuelo?
Por su actitud Susan pensaba más bien que no le importaba. Aunque ella hubiera dado el paso de quedar como unas personas que simplemente se conocían por el azar. Esperaba una respuesta diferente por su parte, pero sabía que eso no iba a ser así, lo conocía bastante bien, y en ese momento se sentía muy presionado y agobiado con toda aquella situación.
Así que lo mejor era dejar pasar el tiempo, así ella conocería a otra persona que le hiciera olvidar toda aquella locura y el podría seguir viviendo su vida como hasta la fecha.
Pero la realidad es ajena a la idealidad. Si todos creáramos nuestra propia realidad el mundo sería demasiado sencillo y perfecto. Pero acabaríamos aburriendos, porque lo inesperado atrae nuestra curiosidad, incentiva nuestra imaginación y hace que aflore nuestra creatividad, imaginando miles de formas diferentes, de crear una situación perfecta.
Bienvenida a nuestro mundo Susan. Aquí nada ni nadie es perfecto. Solo es nuestra imaginación, la que nos hace ver lo que realmente queremos ver.
Porque la realidad es que las personas somos impredecibles y no hay explicación alguna para nuestro comportamiento, tan solo nos dejamos llevar por impulsos; egoísmo, deseo, curiosidad, gula, lujuria y otros 100.000 pecados que hacen más atractiva nuestra existencia.
Susan estaba sentada en el asiento del copiloto, de camino al aeropuerto, cuando leyó aquel mensaje, su cara era un poema, se alegraba tanto de que se acordara de ella y la tuviera en cuenta. Que no le importaba la situación, quería creer simplemente que él pensaba en ella como ella lo hacía en él. Aunque la distancia fuera lo que les impidiera estar juntos, si esa llama no se extinguía, seguía habiendo una oportunidad.
- Estoy llegando, y la verdad es que estoy un poco nerviosa, tengo ganas de irme, pero por otra parte no quiero hacerlo.
- Normal, habrás vivido muchas experiencias que hasta ahora eran desconocidas para ti. Y si te llevas buenos recuerdos, siempre cuesta más marcharse.
(No lo sabes tú bien) pensó Susan.
- Bueno me hubiera gustado vivir alguna que otra cosa más, pero no ha podido ser...
- Siempre deseamos lo que no tenemos gambia, es normal.
- Creo que no me has entendido, fíjate si soy sutil, que ni si quiera te das cuenta de cuando te lanzo indirectas.
- En eso siempre has sido la maestra enana, yo solo soy un hombre.
- Al que por cierto aún no conozco.
- Quién sabe... algún día.
- Quién sabe... quizás esta es la última vez que puedas hablar conmigo, porque mi avión se estrelle.
- No tiene gracia enana.
- Era una broma.
- Ya, pera esas cosas no se dicen, que te parecería a ti si te dijera que quizás es la última vez que puedes hablar conmigo, porque quizás me estrelle con el coche.
- No me gustaría imaginarlo. No lo digas ni en broma.
- Pues eso.
- Cuando no te hace gracia algo así, supongo que es porque la persona te importa.
- Claro, ¿Acaso piensas que no me importas? Te tengo mucho cariño, eso espero que lo sepas, eres una mujer que merece todo mi respeto y admiración.
- Ya...
Aquel comentario hizo mella en Susan, no podía decirle esas cosas y luego pasar de ella. Era incomprensible. El miedo era totalmente irracional y fuera de sentido para ella.
- No te noto muy convencida enana.
Tenía que elegir bien las palabras, y ser cautelosa pues sabía de sobra que le encantaba rehuir ciertos temas, y dejar de dar señales de vida.
- Yo no me tengo que convencer de nada, si algo bueno tengo es que no soy tonta, y se perfectamente el camino que toman las cosas.
- Sabes de sobra que no quiero hacerte daño y es lo mejor.
- Lo se, ojalá algún día seas valiente, o curioso y decidas venir al sur, porque ese día espero conocerte.
- O tu venir al norte.
En ese momento se abrieron un amplio camino de posibilidades para Susan, pedir la plaza en otra universidad al año siguiente no era difícil. O incluso pedir una beca de movilidad internacional, solo había que intentarlo, y tener ganas de hacerlo.
- Quién sabe, quizás eso es más probable que ocurra.
- Tengo que seguir trabajando, avísame cuando subas al avión, por favor.
- De acuerdo.
- Muak!
- Muak.
Tan esclarecedor como siempre, lo mismo que llegaba se iba, era inevitable no sentir curiosidad, si la situación hubiera sido distinta, y hubiera seguido hablando con él como hacía un tiempo atrás. Susan no se habría planteado dos veces ir directamente a Barcelona, pero ya... La situación era otra, no existía eso...
Se había abierto más bien la puerta de la amistad y ella sentía como la trataba como a una niña pequeña. No como a una persona con la que quieres compartir algo más especial.
Sin darse cuenta José ya había aparcado, estaban dentro del aeropuerto, llegaba la hora de irse.
José le dio dos besos a Susan y la dejó en la puerta de embarque.
- ¿Sabrás llegar?
- No te preocupes ahora preguntaré. Muchas gracias por todo, de verdad.
- De nada, cuídate pequeña, y que tengas suerte. Avísame cuando llegues.
- Eso haré.
Susan enseñó el billete a uno de los vigilantes y soltó su mochila en la cinta transportadora, cuando paso el arco de detección de metales, supo que a partir de ahí el resto del camino lo haría sola. Y su móvil después de un día intenso haciendo fotos, comenzaba a quedarse sin batería.
Cuando llegó a una de las salas de espera, se colocó delante de un panel, para ver en que puerta debería embarcarse, y cuando vio Sevilla, miró su reloj, aún quedaban dos horas. Así que se sentó en uno de los asientos, dejando un hueco vació entre ella y un hombre. Sacó su móvil, para hablar con su madre, y aquel hombre que se parecía a su padre, comenzó a hablarle.
- ¿Has visto a que hora sale el vuelo de Sevilla?
Susan comenzó a reírse.
- ¿De que se ríe?
- Por la casualidad, yo también voy en ese vuelo.
- ¿A sí? Pero bueno, yo realmente no soy de Sevilla.
- Ya me he dado cuenta por su acento. Yo tampoco lo soy, soy de un pueblo de Córdoba.
- Que casualidad yo también. ¿De cuál?
Al comenzar aquella conversación, ambos se dieron cuenta de que sus pueblos estaban juntos, y al seguir hablando resultó que aquel hombre, era un empresario, y que por causas del destino, conocía a uno de los tíos de Susan y por consiguiente a su familia.
Susan no podía creerse en como su mundo se componía de las más extrañas casualidades. Era prácticamente imposible encontrar a alguien así, tan lejos de casa, y ella sin embargo lo había hecho.
El hombre comenzó a hablar con ella y adoptó una actitud paternalista, por lo que podía apreciar Susan, de lo que él le contaba. Su familia era acomodada, y sus hijos, habían tenido sin esfuerzo lo que querían, estaban estudiando una carrera, y sin margen de tiempo, por lo que llevaban más años de la cuenta en ella.
Para aquel hombre lo que Susan estaba haciendo, era inimaginable, y digno de una luchadora. Susan, sin embargo, no lo veía para tanto, se había acostumbrado desde pequeña a conseguir las cosas con esfuerzo y a luchar por sí misma, así que pensar en que alguien te lo diera todo sin que requiriera ningún esfuerzo, le daba cierta envidia.
Pasados unos 30 minutos fueron a la cafetería, Juan, la invitó a cenar. Más bien la obligo, porque a ella no le apetecía.
Y después la fue guiando hasta la puerta de embarque, pasada una hora, no tenían noticias de su vuelo, el avión debía salir a las 22:00 y aún no había pasado ninguna azafata por allí para realizar comprobaciones. Y la gente comenzaba a ponerse nerviosa, Susan más bien se desesperaba, porque aunque la charla con Juan era entretenida, le quedaba un 2% de batería, y tenía que avisar a yogui.
A los pocos minutos dos azafatas llegaron a la sala de espera e informaron, de que el avión se retrasaría una hora, la gente comenzó a indignarse, y a increpar a las pobres mujeres, que lo único que estaban haciendo era su trabajo.
Susan viendo que aún le quedaba bastante tiempo por delante, se puso a buscar un enchufe, aviso a Juan, y este se echo a dormir, el pobre se había levantado muy temprano y apenas había descansado. Así que Susan le dijo que no se preocupara y que descansara.
Mientras ella se conectó a la corriente.
- No te puedes creer lo que ha pasado.
- ¿Que ha pasado?
- Aparte de que mi vuelo se retrasa una hora, he conocido a un hombre que me ha invitado a cenar.
- ¿Cómo? Explícame eso gambita, porque siempre había oído que a las mujeres os invitaban a copas, pero que sin conoceros os inviten a cenar... Ya me contarás como te las ingenias.
- Pues un hombre que he conocido aquí que resulta que es amigo de mi tio, y conoce a mi familia y todo, que casualidad ¡Eh?
- Yo siempre he dicho que el mundo es un pañuelo lleno de mocos, nunca sabes a quién te puedes encontrar. Y por cierto, vaya putada lo del avión.
- Pues sí, visto esto quién sabe, ahora creo hasta en la posibilidad de que algún día hasta nos podamos conocer.
- ¿Acaso lo dudabas?
- Algunas veces, pero imagínate la situación entre nosotros sería super rara porque quizás nos quedemos mirándonos el uno al otro diciendo, ¿De que me sonará a mi esta cara?
- O puede que algún día te montes en mi taxi.
- O que yo te saque sangre, y te diga ¿Yogui? Yo creo que con tan solo eso, ya me reconocerías.
- La verdad es que sí.
- ¿Te diría por casualidad a ti te suena el nombre de gambita?
- Jajajaja inconfundible.
- Yo que se, quizás eso se lo dices a todas.
- Quizás tu también.
- No, utilizo nombres distintos para cada persona, me gusta personalizar a mis víctimas.
- Jajaja ¿Quién parece ahora una asesina en serie?
- Es desde el cariño.
- Que miedo me da tu cariño.
- Exagerado. Bueno, espero estar en la península dentro de unas horas...
(El avión se retrasó dos horas más de lo informado).
Cuando Sergio tuvo que volver al trabajo, Susan volvió con Juan, y él le dijo que si quería para no hacer esperar a sus padre, como la iban a llevar directamente a Jaén, que él la llevaría a su pueblo, pues le pillaba de paso.
Susan, era un poco rehacía pues siempre le habían dicho que no se subiera en el coche de un desconocido, y al fin y al cabo aunque ese hombre conociera a su familia lo era.
Al ver su cara Juan le pidió el número de sus padres y los llamó para tranquilizarlos.
Cuando después de la odisea, las innumerables peleas, con las personas de la compañía aérea y demás, consiguieron subir al avión.
Susan miró por la ventanilla, la imagen era bien distinta a la que pudo observar hace unos meses, ahora todo estaba oscuro, y la isla se veía iluminada por miles de luces, desde allí arriba, podía reconocer todos los lugares de la isla en los que había estado, y sin duda se llevaría con ella miles de recuerdos inolvidables que permanecerían por siempre en su memoria.
En ese momento en su mente sonó una canción que llevaba una promesa implícita en ella.
"Me voy pero te juro que mañana volveré".
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