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jueves, 3 de octubre de 2013

Dime de que presumes...

Esa semana fue la más rápida de su vida, Susan apenas dormía porque quería aprovechar cada minuto junto a Ernesto, solo deseaba que las horas que pasaba lejos de él,  en su trabajo, pasaran lo más rápido posible. 
Sin darse cuenta ambos habían entrado en una dinámica extraña de necesidad, Susan sabía que no estaba enamorada, sin embargo se dejaba querer, y apreciaba mucho a Ernesto le había cogido mucho cariño. En otras circunstancias Susan sabía que aquella relación la habría agobiado, ya que en la última semana, dormían todos los días juntos. 

Susan no sabía que excusa ponerle a José, ya que muchas veces pasaban los días sin verse, y él como era normal se preocupaba por ella. Susan lo había estado esquivando diciendo que había hecho amigas que le enseñaban la isla y con las que solía ir de fiesta, tras acabar la jornada. Con esa excusa había conseguido tranquilizarlo y ganar un poco de tiempo, de todas formas, no era del todo mentira, puesto que Ernesto era amigo suyo, y salía todos los días con él.

Ambos se necesitaban mutuamente porque allí no tenían a nadie más, sobre todo Susan,  era por eso que su relación era tan especial.
Bien era cierto que Ernesto conocía a la gente de por allí, pero la mayoría solía estar de paso, solo estaban por allí en la temporada de vacaciones, para trabajar. Por ese motivo era difícil para él entablar una amistad sólida. 


- Es extraño, pasamos el día juntos y ni siquiera hemos discutido una sola vez.

- ¿Porqué deberíamos discutir? 

- Es lo que suele hacer la gente cuando pasan mucho tiempo unidos.

- Pero nosotros somos diferentes, ¡Dime un solo día que hayamos hecho lo mismo que el anterior! Eso es lo que quema todas las relaciones, la rutina.

- Y la distancia...

Un tono de melancolía recubrió la voz de Susan, no había estado pensando mucho en su situación con Sergio y lo que más miedo le daba era saber que cuando se le cayera la venda de los ojos, con la partida de Ernesto. Todo el dolor que no había sufrido por las personas, que se había encargado de echar de su vida se le remitiría en el momento que Ernesto desapareciera. Y finalmente se quedara sola.

- ¿Porqué te has quedado tan pensativa?

- Por nada, bueno... mañana es tu último día.

- Muy a mi pesar...

- Susan he estado pensando... Mañana tengo una sorpresa para ti. Pero como se que la semana siguiente de irme es tu cumpleaños y no quiero que lo pases sola, lejos de tu familia... 

- ¿En que has pensado? 

- En volver y estar contigo.

- No quiero que vuelvas y cambies tus planes por mí. Si vas a estar un mes allí con tu familia, hijo y demás, yo no soy nadie para cambiarte los planes.

- Pero es que a mi me apetece hacerlo.

- Pero yo no quiero que lo hagas, porque entonces sería como deberte algo, y ponerme en el compromiso de tener algo contigo, y ya tuvimos esta conversación antes. Yo aunque quisiera no puedo darte más de lo que te estoy dando.

- Yo me conformo con eso.

- ¡Ves! Aquí esta la diferencia entre tu y yo. Que tu te conformas, y yo no puedo conformarme. Es por eso que tampoco veo justo que nadie lo haga. Aunque ahora estemos viviendo en la nube del mundo color rosa, ¿Después qué? Porqué este efecto tal y como viene se va... Y tú y yo somos muy diferentes en ese aspecto. Yo no puedo estar con una persona que no tiene ambiciones, que se conforma con lo que le dan, y esta claro que tus intereses no son los mismos que los míos.

- Estás empeñada en que no puede ser y yo no lo veo así. ¿Porqué no me dejas intentarlo? Estoy seguro que si me dejaras conseguiría que te enamoraras de mí.

- Lo siento, creo que he sido demasiado clara con respecto a lo que opino, ahora mismo necesito estar sola. Así que no hablaremos más sobre este tema. Mañana te iras, habrá sido un placer conocerte y haber vivido todas estas cosas contigo, pero no pasara nada más entre nosotros.

- Siento que seas tan arrogante. No volveré a nombrarte el tema.

- Espero que así sea. ¿Qué harás con tus caballos?

- Un amigo mío tiene un rancho aquí al lado, el se encargará de cuidarlos.

- Supongo que hoy será la última vez que veo a Spirit. 

- Puedes ir a visitarlo si quieres, yo le diré que iras. Y volviendo a mañana... 

- ¿Que tienes pensado hacer? A mi me apetece subirme al barco que recorre la isla, dicen que se pueden ver los peces del fondo a través de unos cristales. ¿Has subido alguna vez?

- No, nunca he subido en barco.

- Pues mañana será la primera. Me tengo que ir a trabajar. Luego nos vemos.

Susan se despidió de él con un suave beso en los labios, cogió su bicicleta y se fue a trabajar.

Ese día se había pasado el día lloviendo ya era otoño, y el tiempo lo hacía ver. 
Susan había pasado el día de trabajo más aburrido de toda su vida, la clientela comenzaba a escasear, y como consecuencia, su jefe pasaba el día cabreado deambulando por el restaurante, dando ordenes a diestro y siniestro, las asquerosas cucarachas que habitaban el lugar, estaban revueltas y correteaban por el local a sus anchas. Susan no podía ocultar la repulsión que sentía hacia ellas, y cada vez que veía alguno de aquellos horribles seres pasar por su lado, comenzaba a chillar como una histérica, sin darse cuenta y esto era motivo de entretenimiento para sus clientes.

Al ver aquellas escenas de pánico su jefe le había llamado la atención, y Susan lo odiaba con toda sus fuerzas, porque en la última semana la había tomado con ella. No podía evitar que le dieran pánico, lo que sentía hacia esos bichos era horrible, y más vergüenza que le daba a ella comportarse así, no le podía dar a nadie. Pero como era su jefe  quien al fin y al cabo le tenía que pagar, Susan encajaba las críticas tal y como podía, e intentaba tener siempre una sonrisa.

Las cosas últimamente no iban del todo bien en el restaurante, la actitud de su jefe hacia ella era un tanto diferente y fuera de lugar, ella no quería pensar nada raro, hasta que ese día comprobó que los comentarios que le había estado haciendo días atrás solo eran los preliminares de lo que realmente estaba por llegar.

Hasta ese momento Susan había estado haciendo la vista gorda, porque sabía que a su jefe le encanaban las mujeres y cuanto más jovencitas mejor. Por tanto era normal escuchar de  vez en cuando comentarios subidos de tono hacia su persona, aunque Susan había preferido encajar los golpes como buenamente podía, ya que en su situación de necesidad no podía hacer otra cosa. Había día en los que incluso se lo tomaba con un humor porque en el fondo le daba pena, ¿Qué se podía esperar de un hombre que creía que todas las mujeres tenían un precio?

Cuando Susan entró en el almacén para recargar bebidas que hacían falta en la nevera, noto que alguien estaba detrás de ella. Cuando se dio la vuelta para ver de quien se trataba vio a su jefe en la puerta.

- ¡Dios mío que susto!

- Se que soy feo Susana, pero no estoy seguro de que los habrás visto peores.

El tono de su voz hizo que Susan se sintiera terriblemente incomoda, lo le gustaba nada la lascivia que encerraba su mirada. 
De manera que agachó su cabeza, cogió una caja con zumos y se dispuso a salir de aquel sitio cuanto antes. No quería pasar ni un minuto a solas con él. Aquel hombre le daba miedo, porque sabía que no albergaba buenas intenciones.

- ¿A dónde vas?

- A cargar la nevera ¿Me dejas pasar?

En ese momento él le bloqueó el paso, poniéndose justo en la puerta.

- ¿No quieres quedarte a solas conmigo? ¿A caso te doy miedo?

- Usted no me paga porque me quede a solas con usted, y que yo sepa que alguien le tenga miedo no es motivo, para sentirse orgullo, a si que no entiendo porqué sonríe.

- No te pago por ello, pero podría pagarte.

- Voy a hacer como si no hubiera escuchado la última parte de la conversación. Por favor, déjeme salir.

- Es una pena, tu y yo podríamos hacer muy buenos negocios si quisieras, no entiendo como una mujer con tus atributos... no quiere aprovecharlos.

En ese momento su mirada recorrió todo el cuerpo de Susan de una manera tan obscena, que un escalorfrio recorrió todo su cuerpo, aquella situación le estaba dando nauseas. Lo único que deseaba era salir de allí cuanto antes. Y de seguir así no se lo pensaría dos veces, le tiraría la caja a la cabeza y se iría de allí corriendo, aunque perdiera su dinero. No estaba dispuesta a pasar por aquello.

- Quizás lo que usted ve como un trabajo que todas las mujeres están dispuestas a hacer, yo lo veo como un acto degradante. 

- ¡Vamos Susana no seas hipócrita! Se que debajo de esa fachada se esconde toda una guarra, deseando salir. Si no que motivo tendría para venir a verte el morenito ese todos los días a verte. ¿Me vas a decir que es por tu personalidad?

Al decir eso comenzó a reírse, y esto hizo que Susan encolerizara, olvidando que estaba en juego su futuro.

- Sabe, no merece que le conteste a eso, simplemente le diré que usted me da pena, porque está claro que no conoce lo que es el amor.

- El amor es una tontería que se inventó para las películas, la realidad es otra bien diferente. Porque todas vosotras sois unas putas, y al final acabáis cediendo.

- Yo no se con quien estará acostumbrado usted a tratar, pero le aseguro que conmigo se esta equivocando, y como no se quite ahora mismo de esa puerta, no me hago responsable de mis actos. Voy a darle una oportunidad, voy a hacer como si todo el asco que siento ahora por usted no existiera, y la conversación que hemos tenido ahora mismo tampoco. Si cree que no puede ser así no perderé ni un segundo más de mi tiempo aquí, iré corriendo a la policía y no tendré ningún inconveniente en contarle lo que acaba de pasar aquí en este momento. Si piensa por algún casual que tiene las de ganar en esta historia porque es una persona influyente aquí, permitame el lujo de reírme de usted. Porque no tendrá ni idea de lo mal que lo puede pasar hasta que le pase. Porque le aseguro que no es usted el único que conoce a gente.

Al ver el gesto de seguridad en la cara de Susan, su jefe retrocedió y le cedió el paso sin decir ni una palabra. Cuando salió de allí Susan soltó todo el aire que hasta ese momento había estado conteniendo y dio gracias por haber sabido mantener la cara de Poker ante aquella mentira, tantos años con Hugo le habían servido para aprender a mentir sin que se notara. Por eso era tan buena jugadora de poker. 

Por suerte para ella solo le quedaban 5 días en aquel espantoso lugar, después de eso se iría para Jaén, que era donde le habían dado finalmente plaza para estudiar enfermería, y ya que una de sus amigas de Córdoba, se había ido a estudiar allí, se iría a vivir con ella y no tendría que preocuparse por buscar piso. 


Aunque aquella situación era la que menos le preocupaba en ese momento, solo quería que pasara ese interminable mes, ya empezaba a echar de menos a Amanda, y a su familia... Sobre todo después de lo que le acababa de ocurrir, necesitaba llorar en el hombro de alguien, y estaban todos tan lejos, que la soledad y la melancolía que la acompañaba se apoderó de ella.

Al salir a la terraza, su compañera de trabajo notó que algo no iba bien y se acercó a preguntarle a Susan que le ocurría, fue entonces cuando Susan irremediablemente rompió a llorar.















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