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sábado, 26 de octubre de 2013

La causalidad no es una casualidad.

¿Cuántas veces hemos soñado con cambiar algo en nuestras vidas? Muchas veces soñamos con dar un paso atrás en el tiempo y cambiar nuestra historia. Pero tener la capacidad de hacer eso está totalmente fuera de nuestro alcance.

Todo sería demasiado sencillo si nos refugiáramos en el pasado, exprimiendo cada momento para poder alcanzar la perfección de cada uno de los actos que acaecieron y consolidaron nuestras vidas. Tejiendo un mundo perfecto cuyos pilares estarían compuestos por nuestras erratas. Todo estaría al alcance de nuestras expectativas, enajenando a nuestra mente, con las distorsiones de una cruel realidad.

De esta manera el futuro dejaría de importarnos, obligándonos a centrar nuestra mente en un único objetivo:  perfeccionar nuestro pasado.

¿Qué sentido tendría entonces? ¿Qué contaríamos? ¿Qué viviríamos?

Todo cuanto conocemos carecería de sentido, porque si bien una cosa es cierta, es que el ser humano, necesita que exista ese remanente de inquietud, esa incertidumbre, que acontece en nuestro ser cuando el desconcierto de los hechos indómitos que aún están por llegar, nos desvelan.

Si algo tenía claro Susan es que de nada serviría perder más tiempo pensando en lo que pudo haber sido y no fue, esa pequeña posibilidad de conseguido serlo, se perdió kilómetros atrás, en el desconsuelo de sus noches en vela, en sus miles de pensamientos con un único deseo. Ese deseo que se había cristalizado en lo más profundo de su corazón, y que por más tiempo que pasara, ella guardaría por siempre en su mente. Eso era lo que debía cambiar,  Susan  no dejaría que aquella casualidad que fue el ávido de sus más fervientes fantasías,  hiciera más mella en ella.

Ahora Susan estaba tumbada en la cama pensando en todo lo que había ocurrido aquel verano, la cantidad de hechos inexplicables, que en cuestión de meses habían puesto patas arriba todo su mundo, alojando un profundo desconcierto en su ser ¡Quería saber quién era! Y sentía la impresión de que aquella persona en la que se había convertido era una desconocida.
Había cedido ante la lujuria, se había sumido bajo una capa de desconcierto e incertidumbre y casualmente, ahora era cuando sentía que no estaba perdida. Ahora sabia que estaba viva.

Aquel desasosiego que se había apoderado de ella meses atrás, ahora era como una brisa cálida del verano, solo un leve recuerdo, que podía sentir a veces en sus sueños, nunca se debe mirar hacía atrás... Y eso era algo que sabia muy bien.

Por eso no le disgustaba sentirse la protagonista de una vida llena de apasionantes locuras, si el fin de esta era vivirla.

Estos vaivenes, no eran más que el fruto de su anterior represión, y estaba segura, que llegado el momento recuperaría el rumbo que necesitaba. Pero ahora su vida había sufrido un terremoto del que ella era el epicentro, todo lo construido hasta el momento, se había destruido, y ya era hora de comenzar a construir una nueva vida. Empezando por los cimientos, dejando atrás sus desquebrajados sentimientos.

Ya era hora de centrarse en el presente, esta era la historia que tenía que contar, su historia, la base que formaban ahora esas ruinas, le aportaban la fortaleza necesaria para continuar, y buscar su felicidad en cada resquicio de su mente, ahora sus pensamientos ya no albergaban nada negativo que la hiciera retroceder, si no todo lo contrario.

Tenía un objetivo claro, sabía que quería ser alguien para recordar, y no solo una leve marioneta más de esta vida, que pasaba por ella sin pena ni gloria, dejando que otros movieran los hilos de su vida por ella.

Para ello en su mente no dejaba de retumbar una de las frases que marcaron un antes y un después para ella: " Lo que hacemos en esta vida, tiene su eco en la eternidad".

Y su creciente y renovada fe encontraría sin duda ese hecho que lo cambiaría todo, esa partícula divina, que constituiría el fundamento de su nueva vida, y de ese futuro imaginario al que anhelaba incluso antes de conocerlo.

 Hasta ahora Sergio había sido el protagonista indiscutible de su historia, la única persona que consiguió ver en ella, algo inhóspito y desconocido para los demás. Incluso para ella misma, toda forma de gratitud hacia él, era insuficiente. Él había cooperado guiando el camino que llevaba su barca a la deriva. Él doto de luz su sendero, para que fuera más plausible su camino.

Jamás podría desearle nada malo, no podía reprocharle nada, ella sabía como era y estaba avisada de ante mano. Embarcarse en ese coche que se encaminaba hacía el precipicio fue decisión de ella. Para él solo sería una más, sin embargo,  para ella, él era una pieza fundamental que había cambiado las reglas del juego, liberándola de esas molestas cadenas, que irrumpió sin avisar, y logró hacerse indispensable, en un período de tiempo tan corto, que solo era comparable  al recorrido de una hoja en otoño.  Ese ínfimo instante de tiempo, en el que se apaga su vida por completo, quedando inútil para siempre y deslizándose desde lo más alto, hasta su fin, en el suelo de la acera.

Fue bonito mientras duró, pero ahora solo era un leve recuerdo más, que se resistía a abandonarla.
Sergio volvía a hablar con ella, rompiendo sus esquemas, deshaciendo aquella maraña de hilos de su enrevesada vida, haciéndola sonreír con el mero hecho de acordarse de ella.

Para Susan eso era más importante que cualquier otra cosa, significaba que era importante para alguien, aunque sus sentimientos no fueran correspondidos, no importaba, jamás cedería ante ellos, ni volvería a debilitarse por su culpa, si no todo lo contrario. Ellos debían ayudarla a ser más fuerte.

Las conversaciones banales, que mantenía con Sergio la ayudaban a abstraerse y mantener engañada a la razón, era como un placebo para sus sentidos, conformando al resto de su ser.

Quizás estaba desvariando, pero ella tenía pleno convencimiento en que el roce hace el cariño, y si se mantenía firme en su posición, quizás el abriría los ojos y se daría cuenta de lo afortunado que era, por tenerla a su lado.

Aunque ese deseo permanecería dormido, aún, con miedo a despertar, o ser descubierto, Susan se lo debía a ella misma, y sabía que era lo mejor. La cura para todos sus males era olvidar.

Pero todos sabemos, que no siempre, ¡Querer es poder!

Cansada de que su mente no le diera un respiró se levantó de la cama, buscando un refugió en la calle, el frío viento del otoño, congelaba sus mejillas y refrenaba sus fervientes pensamientos.

Comenzó a andar sin rumbo, sola, deseando encontrar un lugar que la hiciera detenerse, aquel lugar donde se encontraba implícita su paz, como una especie de mensaje subliminal.

Entró en un parque y de repente lo vio.



Aquel banco tenía unas vistas preciosas, pero nadie se detenía a apreciar su belleza, estaba solo ante la multitud, nadie podía interrumpir su ajetreado paso, para dedicarle el tiempo que se merecía y disfrutar junto a el la belleza que impregnaba el lugar.

Susan supo que era a ella  a quién estaba esperando, así que se dirigió hacia el y cuando se sentó, cerró los ojos, dejando que aquel lugar invadiera todos sus sentidos. Inhalo su aroma y recupero su sosiego.



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