De mi niñez recuerdo una de las primeras cosas que suscitó mayor interés en mi, que marcó un antes y un después en mi visión del mundo y que a día de hoy, después de haber descubierto ese famoso ¿Porqué? Aún sigue acaparando mi atención.
Para averiguar que es lo que llama la atención a una niña de 4 años es fácil, simplemente hay que mirar a tu alrededor o simplemente poner luces parpadeantes cerca, para distraerla.
Pero para fascinarla hay que mirar hacia arriba, por la ventana y fijarse en el cielo, en uno de esos días en los que el viento no cesa y observar como las nubes no permanecen inherentes como hasta entonces había creído.
Recuerdo que cuando me percaté de aquél sutil movimiento, no sabía que era lo que estaba pasando realmente, si eran ellas las que se movían, si era yo...
Algo estaba pasando ahí fuera y nadie se había parado a explicármelo antes, las nubes hacían cosas demasiado extrañas... Un día no estaban, otro estaban pero hacía sol (y esos días eran los mejores porque si te fijabas bien incluso podías encontrar algún parecido), a veces cambiaban de color y parecía que estaban muy enfadadas porque se les podía oír chillar como a mi madre cuando se enfadaba, otras veces sin previo aviso como estaban tristes rompían a llorar.
Su estado de animo no se difería tanto al mio, hasta llegue a pensar que ellas se comportaban a merced de mi estado de ánimo (he de decir que cuando creía eso me llegue a sentir muy poderosa).
Y ahora había descubierto algo nuevo, ellas daban un paso más y encima se movían, miles de preguntas asaltaron mi inocente mente ¿Dónde irán? ¿Quien hay ahí arriba que consigue moverlas? Al darme cuenta de aquella situación mis ilusiones de poder controlarlas se desvanecieron, ahora mi objetivo era descubrir quien era el responsable de aquello. Y porqué hasta la fecha no había sido consciente de todo lo que estaba sucediendo.
En ese momento mi pequeña mente tomo consciencia de que aún habría tantas cosas en este mundo que estaban ahí... Simplemente esperando a que alguien las descubriera.
Que mi curiosidad fue incrementándose a lo largo de los días, mis preguntas cada vez se volvían más complejas. Y descubrí que las respuestas que tanto ansiaba se encontraban en los libros.
Curioso como la curiosidad hace a las personas, y las guía por el camino ya escrito, describiendo su manera de ser y mostrando el amplio abanico de conocimientos que aún le esperan.
Así nació mi amor por la lectura, cuando hechos cotidianos a los que nos acostumbrados a ver a diario nos sobrepasan.
La visión de aquellas nubes había fomentado mis ganas de volar, de estar entre las nubes y poder acariciarlas, ver por encima de ellas y sentir la libertad que ellas siempre habían inspirado en mi. Ese sueño, no tardó en llegar. Y las vistas se hicieron merecedoras de la espera.
Ver amanecer por encima de un manto de nubes en calma, despidiendo la última estrella de la noche es una de las imágenes más bonitas que podré mantener en mi mente.
Solo es necesario una pregunta sin contestar, junto al anhelo por descubrir más, para conseguir rellenar ese vació que deja nuestro desconocimiento y forjar ilusiones y sueños, que tarde o temprano se cumplirán.


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