A la mañana siguiente cuando Susan abrió los ojos, no podía dar crédito de donde estaba, se levantó del sofá cama desorientada, y salió despeinada y en pijama a la miniterraza, para asomarse por la barandilla, el apartamento era minúsculo, aunque a Susan le gustaba llamarlo acogedor, pero aquella miniterraza la llenaba de vida.
Cuando se asomó a la barandilla para mirar a los madrugadores que ponían rumbo a la playa, miró el cielo, el sol comenzaba a intuirse por el este, pero aún era tímido y se resistía a salir.
No quiso mirar el reloj, simplemente se quedó allí esperando a que amaneciera, para poder ver como detrás de aquella monumental montaña que tenía en frente, el sol se habría paso, e iluminaba toda aquella belleza que tenía ante sus ojos.
Cuando al fin amaneció Susan comenzó a vestirse, intento salir del apartamento sin hacer mucho ruido, y comenzó a correr, esa mañana no sería como las demás, si había algo que ocupaba el corazón de Susan en ese instante, sin duda era el mar, esa mañana le apetecía sentir la arena bajo sus pies, mientras hacía ejercicio y quería disfrutar de la naturaleza.
Odiaba las aglomeraciones que se formaban en la playa unas horas más tarde, por eso era la hora perfecta, Susan corrió por la orilla de la playa hasta quedar exhausta y cuando no pudo más, se subió al puente de madera, por el que pasarían horas más tarde cientos de turistas, para poder subirse a los barcos, que realizaban excursiones guiadas por las islas.
Cuando llegó al final, vio a un muchacho joven, de unos 24 años moreno de piel tostada, que como ella estaba exhausto por el ejercicio y se había parado en aquel lugar para disfrutar del paisaje.
Susan permaneció de pie para observar la grandeza y belleza del mar que tenía delante, esas cristalinas aguas de color verde vidrioso dejaban ver todo cuanto ocurría en su interior, Susan nunca había visto un agua tan cristalina, cuando se sentó en el borde de esa pasarela,sacó su móvil y comenzó a hacer fotos.
El muchacho la miró, y al ver su cara de impresionada le dedicó una sonrisa.
- Buenos días.
Susan se quedo impresionada, la verdad es que no esperaba que en un sitió como aquel, la gente fuera educada y sin conocerte te saludara.
- Buenos días.
- Por lo que puedo ver, creo que es la primera vez que vienes aquí ¿Verdad?
- ¿Tanto se nota?
- El brillo que desprenden tus ojos cuando miras al mar, y ese derroche de felicidad, como cuando un niño ve una chuchería por primera vez, me ha dado una pista.
Susan se sonrojó, e intento mantener a ralla un mechón de pelo que se le había escapado de la cola, para intentar disimular un poco la vergüenza que sentía en aquel momento.
- ¡Vaya! Si que se ha notado.
- Es normal, recuerdo que yo estaba así la primera vez que llegue aquí.
Ahora el tono de voz de aquel muchacho parecía melancólico, por su acento Susan sabía que no era de la isla, quizás como ella solo vendría por aquí para buscar trabajo.
- ¿No eres de aquí?
- No, (Le dedico una sonrisa tierna a Susan) mi tierra esta bastante lejos, yo soy de Cuba.
- Ya decía yo que me sonaba ese acento.
- Si, como comprenderás me lo dicen mucho, ¿Y tú?
- ¿Yo?
- Si, ¿De dónde eres?
- Bueno, yo soy de Andalucía.
- Una tierra muy bella también.
- Si, sin duda, pero a mi Córdoba le falta el mar para ser perfecta.
-Unas vistas así, no están al alcance de todo el mundo. Pero si las vieras todos los días no sabrías apreciar su belleza.
- ¡No entiendo como se le puede pasar a alguien por alto esta maravilla, aunque este muy acostumbrado a verla, yo podría pasar horas mirando al infinito, al punto donde parece que el mar y el cielo se unen, aquel parece un lugar tan lejano y lleno de paz. Estoy segura de que el cielo tiene que ser algo parecido a esto.
- ¿Te escondes de algo?
- Más bien huyo...
dijo Susan sin apartar la mirada del horizonte.
- Todos huimos alguna vez, no es nada malo.
- Quizás lo que necesito es encontrarme a mi misma, creo que hace mucho tiempo que me perdí.
- Pues creo que has venido al lugar indicado para hacerlo. A mi me encanta venir aquí para meditar, o simplemente no pensar en nada, solo mirar el mar.
-Entonces tu también llevas poco tiempo aquí.
- Más del que me gustaría, vine persiguiendo una estrella fugaz, y cuando abrí los ojos y el paisaje que me rodeaba, me enamore, y es difícil escapar...
- ¿Y porque te quieres marchar entonces?
- No es marcharme lo que quiero, porque esto me encanta, pero si echo de menos a mi familia.
- ¡Te entiendo! Bueno, no mucho, porque en cierto modo, yo vengo huyendo de ella.
- Algún día la verás como no será así. Todo el mundo aprende de sus errores y hasta el burro más terco, da su brazo a torcer.
Aquellas palabras encerraban un tono de melancolía, que era difícil no pasar por alto, pero Susan, no quiso indagar más, solo lo miro, le dedico una sonrisa y decidió volver a mirar al mar.
Pasaron unos minutos en un agradable silencio, que se interrumpía solo con el murmullo de las olas y el canto de alguna gaviota.
Entonces el muchacho se levantó, le tendió la mano a Susan y le dijo:
- Perdona, he sido un desconsiderado, mi nombre es Ernesto, ha sido un placer mantener esta agradable charla contigo...
- Susana- Dijo Susan, estrechándole la mano.
- ¿Tienes pensado quedarte mucho tiempo por aquí Susana?
- Pues la verdad, es que he venido a buscar trabajo, si lo encuentro...
- ¡Uf! Has llegado en una mala fecha, ojala pudiera ofrecerte algo.
- ¡Lo se! No te preocupes.
- Bueno Susana, que tengas mucha suerte en tu búsqueda.
- Gracias.
Ernesto le guiñó el ojo y se fue de allí.
Ahora si Susan estaba sola ante aquella inmensidad, se sentía tan pequeña, y sin embargo el ruido de aquellas olas rompiendo en la orilla le hacían pensar en los kilómetros que la separaban de casa, en que ahora era ella sola contra el mundo, y que aquí no se podía refugiar en nadie más.
Toda aquella inquietud sin embargo no tenía importancia ahora, no sabía porque, pero lo que unas semanas atrás la traía de cabeza, ahora allí en aquel preciso momento, carecía completamente de sentido.
Solo deseaba sentirse libre, sin la opresión de esas cadenas que tanto la agobiaban, quería ser como uno de esos peces que nadaban despreocupados bajo sus pies, sin pensar en el futuro, solo viviendo el presente.
En aquel preciso instante sus pensamientos cesaron, Susan cerró los ojos y dejó que todas las sensaciones de su alrededor invadieran los sentidos y le devolvieran la paz que ella tanto deseaba.
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